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Algún día, tendré una secretaria.
Y me llamará, por el intercom “Licenciado, tiene una llamada del Sr Fulanito”. Nadie me dice licenciado, tantos años de sufrimiento (ajá) para que sea “el joven”; pero algún día mi secretaria me llamará así. Licenciado. Y yo le pediré mi taza de café en la mañana, sin azúcar Lucha, por favor. Sí licenciado. Y pensará que ya lo sabe pues diario me prepara mi café sin azúcar, pero no con fastidio, sino condescendiente “ay licenciado, diario me dice lo mismo”, algo así.
Se va a llamar Luz, “pero usted digame Lucha” me va a decir. Y le voy a hablar de usted, por dos razones: 1) respeto por que va a ser una señora, no una muchachita y 2) se oye más profesional, mejor, cuando un jefe le habla de usted a su secretaria. “Lolita, comuníqueme por favor con el Licenciado Archundia”. Lucha va a ser una señora, por que así nos evitamos malentendidos y malinterpretaciones; viéndome como me voy a ver en ese entonces, guapo, maduro y exitoso, sería fácil para una muchachita confundir mi actitud solícita y bondadosa con algo más. Para una señora centrada y eficiente esto pasaría desapercibido, enfocándose únicamente en su trabajo. Seré un jefe bueno, aunque estricto, cada que Lucha pase a mi oficina antes de irse para ver si se me ofrece algo más, no la retendré, dejaré que se vaya siempre a sus horas.
Lucha tendrá que ser a la vez capaz y empática, ya que conocerá gran parte de mi vida privada sin involucrarse. “Lucha, llame por favor al restaurant y hágame una reservación a las 9:00, voy a cenar con mi esposa por nuestro aniversario” le voy a pedir, “Claro que sí licenciado, felicidades. Ese restaurante está en remodelación y está cerrado, pero permítame recomendarle este otro, tienen una arrachera exquisita” me responderá, conociendo mi gusto por la carne. Lucha, la eficaz.
Algún día, tendré una secretaria.
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El jueves llegué a mi casa y vi una nota que pasaron por debajo de la puerta:
Vecino:
Disculpe por estacionarme de lado, no me fijé y estaba lloviendo muy fuerte. Espero no causarle mucho problema. Gracias por su comprensión.
Su vecina del Num. 8.
PD: voy a tratar de mejorar al estacionarme.
Ya había comentado de las habilidades estacionativas de mi vecina en Twitter, y seguido pasa que llego a mi casa en la noche y la ñora se queda en diagonal invadiendo mi espacio. Hay ocho espacios frente al edificio, en batería unos al lado de otros. El primer espacio es el del número 8 y el que sigue es el mío. Si yo tuviera el 8, me quedaría lo más pegado al lado donde no tengo coche, de manera que evitara un accidente tipo “abrí la puerta y le hice un tallón a su coche, vecino”, pero esta señora se estaciona pegadita a mi lugar y muchas veces invadiendo con la parte de adelante mi espacio para estacionarme.
Y pos me hace enojar y digo que che vieja, pero el jueves, viendo la nota, no pude más que reír. Digo, sí me enojé al principio, pero esa posdata vale más que el enojo y los días de estacionamiento chueco y salir del coche abriendo solamente 10 cm la puerta. Fue sincera, sabe que es una papa para estacionarse y al menos parece que realmente quiere mejorar.
Cosas como esta me dan un poco de fe en la humanidad…
Filed under: Jakoso,Opinión | Etiquetas: Apocalipsis, Fin del Mundo, Opinión
He estado pensando en el fin del mundo.
Y eso por que últimamente, no sé si más que antes, pero últimamente he estado viendo muchas, muchas cosas en relación al apocalipsis. Películas, videojuegos, entradas, artículos en internet (una vez vi una mesa que se hacía escudo y porra para golpear Zombies) y hasta en la National Geographic he leído reportajes sobre la escasez de alimentos, la preocupante tasa de crecimiento poblacional y el estado del agua en el mundo.
Si pudiera elegir la manera en la que la humanidad viera su fin, sería algo rápido y nada épico: una explosión solar que nos borre del mapa universal en unos 0.17 segundos. Así, rápido y al grano, nada de guerras fraticidas ni colonias de sobrevivientes. Caput, como en la película ésta de Nicolas Cage “Presagio” (malita, si me preguntan), nada de preámbulos dramáticos como si fuera a impactarse un asteroide del tamaño de Texas y no tuvieramos a Bruce Willis a la mano, sin caos previo, así nomás un día estamos escribiendo un post apocalíptico y ¡BAM! No lo terminamos. Hasta nos saldría barato, nada de sufrimiento, nada de ver morir a nadie querido y nada de que las cucarachas hereden nuestro irresponsable reinado del planeta. Lo único malo, a mi punto de vista es pues que nadie jamás recordaría un pequeño planetita sucio que por espacio de 10 mil años estuvo reinado por una manga de aprovechados oportunistas.
No me emocionan los apocalipsis de zombies como en, por ejemplo, “Zombieland” (una de los montones y montones de películas y juegos al respecto), u holocaustos biológicos tipo “Resident Evil” o “Soy Leyenda”. Soy miedoso pues, y bien poco habría que hacer con una plaga de pseudo-humanos putrefactos queriendo comerse nuestros cerebros o contra un virus mortal que termine con el 90% de la población en un santiamén. Sería triste, ¿no? Vernos reducidos como especie a vivir en colonias aisladas, renunciando a la civilización, retrocediendo en el tiempo a la autosuficiencia de parcelas cultivadas por uno mismo. Y violento, el matar se volvería algo cotidiano y necesario, digo, sería en defensa personal contra monstruos que ya no son humanos, pero pues, creo que nos llevaría a un nuevo nivel de violencia.
La rebelión de las máquinas está en medio de mi gustómetro apocalíptico por el nivel tecnológico que nos tocaría ver, robots gigantescos manejados por menudas japonesas con problemas psicológicos onda Evangelion o aprender cualquier rama del saber humano con solo conectarse un cable en la nuca a la Matrix, además, con este escenario la raza humana dejaría de pelear entre sí para unirse contra un enemigo común, digo, habría guerras, pero contra máquinas locas. Lo malo es que pues no veo luz al final de túnel, ¿qué podríamos contra máquinas que no sienten dolor, no necesitan dormir ni comer y que son miles de veces más fuertes que nosotros? Sería lamentable toparse con un androide programado para destruir a un humano.
Lo que sí creo, es que el común denominador en todas estas variantes de final para la raza humana es que en cualquiera de ellas podríamos echarle la culpa a alguien más por destruir al mundo, lavándonos las manos de todo lo malo que hemos hecho durante los últimos siglos, impunemente.
Hace como un mes que terminé de leer La Casa de los Espíritus, de Isabel Allende. Me gustó mucho, creo que después de Cien Años de Soledad y el Aleph, me doy cuenta con este libro de que me gusta el Realismo Mágico. Lo que más me gustó del libro es que va narrando los acontecimientos de la familia, cronológicamente, a través de las generaciones, pero te va dando pistas, pequeñas pistas sutiles, sembradas entre los renglones de lo que va pasando; en una parte, la historia gira sobre Esteban Trueba en la hacienda, y sus hijos y su esposa y perdido entre los renglones menciona a un niño sucio, con los mocos secos en la cara y dice que que Trueba no le presta atención al niño, sin saber que es su nieto y que hará las miserias de la familia cuando estalle la guerra. Eso, a mi gusto, es de lo mejor que tiene La Casa de los Espíritus, por que logra engancharte, por que con esa frase que no verás realizada en las siguientes 200 páginas te hace seguir leyendo, esperando que salga el mocoso sucio convertido en el militar desgraciado que, en efecto, hace las miserias de la familia. Y cuando lo lees, lo odias, por que sabías, desde hace 200 páginas que iba a ser un maldito y ahora que lo lees, supera lo que habías imaginado. Y eso es solo UN ejemplo de los varios que tiene el libro.
La historia es magnífica, en lo personal me gusta esta narrativa, el mezclar la fantasía con lo verídico; los poderes de Clara y el cabello verde de Rosa con la dictadura en Chile y el golpe de estado. Me gusta. Y mi personaje favorito fue Jaime, por que, y aquí es donde conecto esta entrada con el título, siento que soy retóricamente una parte de él. Jaime es corpulento y apuesto, pero es un alma buena y desprendida, estudia medicina y se dedica en cuerpo y alma a atender a quienes menos tienen, en una clínica que carece de todo, menos voluntad. Reacio y duro por fuera, es una persona que se conmueve profundamente con la desgracia y con los sentimientos, y actúa, vuelca toda su bondad, toda su afectación por la miseria del hombre en estudiar, en ser mejor para ayudar mejor en su clínica; apenas come, y si tiene un rato libre lo pasa estudiando, encerrado en su cuarto atiborrado de libros y libros. Guarda profundamente dentro de sí un amor por la que fuera novia de su hermano y después de perderla por años y años, se encuentra de nuevo con ella para salvarla.
Retóricamente como él, digo yo, precisamente por que no actúo, siento que no hago nada, ni en lo más ínfimo, por ayudar a la humanidad, aunque muchas veces me siento profundamente afectado por cosas que veo por ahí. Hace no mucho, por ejemplo, leí un artículo en la National Geographic sobre la escasez de alimentos, que de verdad es impactante y las fotografías que todo mundo ha visto sobre niños enfermos, hambrientos y desolados me dejan esa sensación de descontento, no lástima, sino algo dentro de mí que no me deja tranquilo por varios días. Justo hoy leo también un artículo sobre la escasez del agua y no puedo dejar de sentirme un poco culpable al beber un vaso con agua limpia, fresca, cuando hay poblaciones enteras, millones de personas que solo tienen acceso al lodo que los animales revuelven cuando entran a beber ellos mismos.
Sin ir tan lejos, ni ser tan azotado, la semana pasada y hoy fui a la plaza cerca de mi casa por comida; en el área de los restaurantes, donde están las mesas, trabaja un muchacho no muy alto, gordo, de pelo un poco largo y castaño, con lentes. Y mientras esperaba mi comida, lo seguía con la vista, mientras limpiaba las mesas, recogía las charolas con restos de comida, juntaba dos o tres y luego iba a los botes de basura a tirar los restos y limpiarlas un poco para después regresarlas a cada local: las rojas cuadradas a la comida china, las grises largas a las ensaladas, las tabletas de madera a la argentina y las negras genéricas a la comida japonesa. Nadie le dio las gracias. Y de nuevo a las mesas, disparaba su rociador dos veces y limpiaba con su franela gris, se acomodaba los lentes con un dedo y seguía. Cuando no hubo más mesas, ni charolas, caminó despacio, arrastrando los pies hacia donde estaba el viejo guardia, recargado en el barandal. Y lo veía decirle algunas cosas, pero el guardia no lo miraba, ni lo escuchaba, estaba sumido en su propio pensamiento, mientras el muchacho de los lentes platicaba solo. Y no pude evitar sentirme muy triste, ta vez sin razón, tal vez sea un muchacho feliz y con muchos amigos, pero estas dos veces que lo vi, solo, limpiando sus mesas, me dieron muchas ganas de saludarlo y platicar un poco, seguramente de videojuegos o caricaturas, solamente para ser alguien quien lo escuchara verdaderamente y poderlo ver sonreír. Pero no lo haría, soy cobarde, soy un humanista retórico, temeroso, no se de qué, pero siento que hay algo que no puedo saltear para llegar a hacer algo.
Y esto es algo que me pasa seguido, con muchas personas en la calle. Pero nunca me he atrevido a hacer algo. ¿Eso me hace una mala persona? No es redención, es, solamente, retórica.
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Claudia escucha, atenta, lo que la niña tiene que decirle. “Creo que no quedó bien el piso, Claudia” dice la niña, y Claudia, en voz baja, susurrando, le dice que está bien, que lo ha limpiado tres veces. “Lo haces por molestarme” finaliza y segundos después las dos ríen, jijiji. Otras veces no es la niña, sino el gendarme quien le habla mientras trabaja; la pretende y le dice piropos pueblerinos para hacerla sonrojar “que bonita florecita la de este jardín” le dice, y Claudia, de nuevo, susurra sus vergüenzas y ríe y se sonroja. Y luego corre a esconderse, pero el gendarme siempre sabe donde está, dentro del almacén de las escobas y los trapeadores. Toca la puerta y le hace halagos y gestos y lanza voces como jugando con un infante: “¿Dónde estará Claudia, que la he perdido de vista?” Y Claudia ríe de nuevo, con su jijiji susurrante e inocente, apartando los cabellos de su rostro y escondiendo su cara avergonzada. Las menos veces, es la señora, la enojona, quien habla con Claudia. “Te he dicho que los trastes tienen que guardarse en este cajón, Claudia, ¿cómo puedes ser tan descuidada?” Y Claudia calla entonces, cabizbaja y cuando la señora se da la vuelta maldice un poco, inocentemente “vieja malvada” le dice, y la vieja se voltea y reclama furibunda: “¿Que has dicho, insolente? Bien puedes largarte de aquí, si no te parece” Pero Claudia no se larga, guarda los trastes en el cajón y se va a limpiar los cubículos de los que trabajan en la oficina.
Con nosotros no habla mucho, Claudia. “¿Se le ofrece algo de la tienda, Joven?” Me dice diario entre 9:00 y 10:00 de la mañana y cuando le pregunto algo, apenas escucho el par de palabras que arroja. Sólo habla con ellos, ellos a quien solamente ella ve. Y me dicen los demás “Claudia habla sola, ¿te has fijado?” Así me dicen, pero ellos no saben, como yo, que la niña, el gendarme y la vieja están con Claudia siempre y la hacen reír, suspirar y llorar, todo dentro de la oficina, en las ocho horas que emplea en tener el piso en orden, siendo el engranaje discreto que mantiene nuestros lugares pulcros. Y Claudia no lo sabe tampoco, pero las veces que la he visto hablando al aire, hago una mueca cómplice, para que sepa que no le diré a nadie de la niña ni de la vieja y menos del gendarme, que se lo pueden correr por distraerla.
“Haces bien” me dice el enano que vive entre los cables, “no les digas de ellos, te van a juzgar como loco”. “Lo se -le respondo- que bueno que estás aquí para recordármelo”
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Entraron cuando el padre decía su homilía. Dos señoras cuidando de un señor con retraso mental. Hace no mucho, pensé, la gente los llamaba tontos y nadie hacía escándalo; los tontos del pueblo, los mongoles, nadie se sentía herido ni ofendido, no existía la intención de degradarlos. Cuarenta y dos años, le calculé; tenía una barba de tres días a lo mucho, y una calva disimulada con los delgados cabellos alrededor, peinados con gel y un cariño infinito. Tenía algunas canas y su barba tenía por allí algunos manchones blancos también. Estaba tranquilo, sentado en la banca, sin hacer un solo ruido, y miraba curioso a su alrededor, como si fuera la primera vez que estaba ahí, atento aunque cada domingo se sentaba en el mismo lugar; sus ojos expresaban tristeza, una tristeza incomprensible y al mismo tiempo la inocencia de un recién nacido, de apenas unos meses. Vestía una playera tipo polo, gris, pantalones de mezclilla y unos zapatos con suela de goma; entre sus manos sostenía un carrito amarillo de plástico, del que hacía girar sus ruedas de vez en cuando. El niño a su lado lo miraba largamente y en momentos volteaba con su mamá y lo señalaba, preguntando, pero el señor no se inmutaba, impasible seguía viendo los cuadros mal pintados que sólo las iglesias adquieren y el ataúd frente al altar. ¿Estaría consciente de eso, de la muerte? ¿sabría que algún día todo esto, la vida, llegaría a su fin? ¿y del niño? ¿cruzaría por su mente que tiene más en común con él que con las personas de su edad, con sus hermanas -las señoras- que vivían con él cuidándolo?
Me imagino a una de sus hermanas, dedicando su día a el. Despertando para bañarlo, llevarlo a hacer sus necesidades y limpiarlo, poniendo el babero y alimentándolo con papillas insípidas de las que el no puede quejarse, solo tragar silencioso, mirando sin expresión el rostro de su hermana mientras esta le platica las cosas bellas que hay en el mundo y que jamás, ninguno de los dos, llegarán a ver. La imagino sacándolo a caminar por la cuadra, despacio, deteniéndose cada que él mira al cielo, tan vacío como su mirada. -¿Qué ves?- pregunta la hermana, pero él sólo la mira, y ella interpreta la respuesta que quiere, -a Dios, al infinito, a ti- mientras limpia la saliva que escurre por la comisura de su boca y sonríe satisfecha. La imagino recostándolo, cada noche, vistiéndolo con el pijama de caricaturas, lavándolo y cantándole alabanzas a una bondad divina en la que cada día deja de creer un poco. Y la imagino luego en su recámara, rezando fervorosamente, ofreciendo su sacrificio, y sintiéndose desolada, llorando en silencio y quedándose dormida con los ojos húmedos.
Me miró. Estaba viendo el ataúd y volteó, despacio, hacia atrás, hacia donde estaba yo. Sus ojos tristes me atravesaron y comprendí que en su mirada no hacían falta las palabras. Lo miré hacer un gesto con la cabeza -sí, entiendo que la vida un día terminará- me dijo, y no había temor, o rechazo, solo paz y la tranquilidad de una vida en la inocencia, en el impedimento y en el más profundo silencio. Sonrió y sus ojos me preguntaron -¿lo entiendes tú?
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Hoy que iba de camino al trabajo después de comer, recordé una anécdota de los años anteriores a internet. Bueno, a lo mejor a internet no, pero sí anterior a los blogs.
Hace algunos montonoes de años, unos 9 o 10, en la fábrica de Don Can trabajaban unos chavos que venían de un pueblo que se llama Huejutla, en Hidalgo y que hablaban náhuatl como lengua materna. De repente les decían algo y murmuraban, con su acento indígena algo así como: mishkpa cnaaam shityu namesto coa-quitl sacos teotl avión. Había palabras que no existían en náhuatl, así que las decían en espeañol y ps era una botana escucharlos hablar. Mi hermana Blanca los bautizó como los Tepujas o Tepus para los amigos y pasaron muchos durante algo así como 3 años. Recuerdo uno que se llama (o llamaba, no se que fue de él) Juventino y una vez se puso todo pedote y mariguano y agarró un calibrador y se lo encajaba en el pecho según el por que se quería matar, quien sabe por qué, a lo mejor se le había terminado la mota. El más peculiar, a mi gusto, fue José, mi tocayo. José no podía pronunciar la “u” y la intercambiaba por una “o” con lo que decía ser de Huejotla y que su hermano se llamaba Jesós. Cuando le preguntaba si quería quedarse en Guadalajara me decía que sí, que su sueño era poner un puesto de “frotas y verdoras”. Una vez me mandaron con el a sacar un rollo de alambre de unos 200 kg; estando en el almacén le digo: “mira, con un polín lo sacamos, para no machucarnos y sin tanta fuerza”. Ah no, necio el señor, lo quería sacar solo. Y ahí va, empieza a jalarlo y en eso se le empieza a ir encima y grita desesperado a su hermano “¡AYÓDAME CHOY!” con lo que no pude menos que doblarme de risa. José se enamoró de una mujer que mi tío Severiano bautizó con el apodo de “Monito Cilindrero”, ahí pa que se den un quemón de cómo se veía, y le mandaba notas románticas; alguna vez Chayo (verdadero nombre de la mujer mono) nos enseñó una de esas notas. “Señorita Chayo, permítame llevarla a pasear al mercado de San Juan de Dios, es muy grande y muy bonito y la invito a una comida bien preparada que hacen ahí” Y pues nos daba risa, insensibles y malvados que éramos.
La anécdota que más recuerdo de José es cuando una vez fuimos al fútbol rápido. Yo no jugaba y el tampoco, así que nos quedamos en las gradas viendo a los de la fábrica jugar contra los de la galvanizadora (uno de ellos se llamaba Primitivo, “El Primo”); Choy, el hermano de José jugaba descalzo, y tiraba unos madrazazos de miedo. Total, estábamos José y yo viendo el partido y de vez en vez le preguntaba: “oye, ¿cómo dices defensa en náhuatl?” Y me contestaba algo que, la verdad, no recuerdo.
- ¿Y cómo se dice pelota?
- palabra náhuatl
- ¿Y juego?
- palabra náhuatl
- ¿Y pégale duro, Jesús?
- palabras náhuatl
- ¿Y ¡CUIADO, TE LLEGAN!?
*silencio de unos segundos. José voltea y con toda seriedad contesta:
- ¡AGUAS!
Sólo espero que José siga en Guadalajara y que tenga ya su puesto de frotas y verdoras.



