Goma


Hace seis años
noviembre 12, 2010, 10:41 pm
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Fui a un concierto de Mago de Oz con Jany. No se que sea en estos días de Mago de Oz, supe que vinieron a Morelia y por ahí leí que también fueron a Querétaro y tocaron Fiesta Pagana dieciocho veces; pero esa vez que fuimos a verlos, fue digna de recordarse. La pasamos muy bien, recuerdo que estábamos con Tonchi, Yolanda, Alfo y Daniel y Alfo llevaba puestos unos colmillos de vampiro.

Hace seis años faltaban dos meses para que Jany fuera mi novia, pero sólo uno para que yo le dijera -o le hiciera saber, por que no le dije directamente- que quería que fuera “mi chica”. Ese día escribí un cuentillo, si puede llamarse así. Es mejor dicho una anécdota de lo que yo sentí estando ahí con ella. He de advertir que en ese entonces era una persona azotada, MUY azotada, lo verán ya casi al final del escrito, pero todo lo que está ahí escrito fue real. Así lo vivimos, y fue una pieza importante para llegar a donde estamos hoy, seis años después.

En ese entonces lo publiqué con password, no sé por qué, pero se los comparto. Sólo… no sean muy duros, era un chamacón azotado y enamorado, lo que, en cualquier circunstancia es una combinación melosamente explosiva.

Sólo para tus ojos

El murmullo ensordecedor de la música en su más armónico estallido me obligaba a acercar mis labios a tu oído: lo que en otra situación fuera un susurro era reemplazado ahora con un grito apenas audible. Sentí tus brazos ligeros pasar sobre mis hombros, apoyándote para no caer mientras escudriñabas las cabezas de enfrente en busca de un hueco por donde ver el escenario. Giré mi cabeza para ver tu rostro iluminado por las luces intermitentes del espectáculo, tus ojos brillaban con cada destello de luz, tu sonrisa ligera aceleró mis latidos y llegó como una advertencia ineludible en mi cerebro, obligándome a hacer el más grande acopìo de fuerza de voluntad para no besar tus labios. Tomé tu mano pequeña y fría y la coloqué sobre mi pecho. Sonreí para mis adentros y grité fúrico el pedazo de canción que recordaba, dejando el sentimiento en un lugar oscuro de mi subconsciente, a que espere el momento adecuado para regresar y que cuando lo haga, ninguna razón sea de peso para evitarlo. Pensando en tí, es como pasé la noche, como paso los días desde que éste sentimiento mora en mi pecho, luchando eternamente con una cada vez más insensible y dura razón, guardando una lágrima inútil, un reproche fuera de lugar, un abrazo y un beso injustos esclavizando a lo poco de corazón que queda y sin querer vas reviviendo día a día.
Abro los ojos y me encuentro rodeado de gente, los gritos y los aplausos hacen inminente el fin del espectáculo. Las estrellas y el corazón de aquellos hombres fueron y serán los únicos testigos de lo que pasó esa noche dentro de un corazón que se esfuerza por palpitar de nuevo.

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San Casimiro
octubre 20, 2010, 10:54 pm
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En 1942, la guerra no existía en San Casimiro. La venta de una mula, que el ciudadano alcalde sería el padrino del doceavo hijo de la familia Calvillo o el comienzo de la cosecha del maíz era lo que los pueblerinos escuchaban en las cantinas, el sermón del padre Fulgencio o en las tiendas de las esquinas. Lo más cercano que la gente escuchaba de aquella guerra ajena eran los hijos que nacían sin padre: “ha de ser hijo de un soldado” decían las comadronas al salir de la iglesia, mientras compraban verduras en el tianguis, pues no concebían otra razón para que una criatura naciera solamente con su madre. Caridad era una de tantas novias de soldados, sola y embarazada; no tenía familia, llegó al pueblo sin que nadie se diera cuenta y trabajaba para un par de ancianos que no fueron capaces de darle hijos al mundo, vivía con ellos y los atendía con esmero y poca estima. Era una muchacha que sin ser bonita, llamaba la atención de los transeúntes cuando iba al molino por las mañanas, no asistía a misa y nunca se le escuchó decir una palabra por la calle, por eso mismo era uno de los temas recurrentes del pueblo, Caridad, la recia, embarazada de un soldado.

Durante las últimas semanas de su embarazo, los ancianos se esmeraban prodigándole cariños y concesiones, pero Caridad no dejaba ninguna de sus tareas. Tardaba casi una hora subiendo la cubeta llena de agua desde el fondo del pozo y no permitía que nadie le ayudara. Sin decir palabra planchaba las camisas del señor mientras vigilaba la olla de los frijoles y forjaba en su mente el plan de irse a la capital. Doña Margarita le acercaba tés de gordolobo y de linaza y le apartaba un cuenco de leche tibia en las mañanas que Caridad vaciaba en la botella y volvía a guardar en el desvencijado refrigerador amarillento y ruidoso que los ancianos se negaban a sustituir. Nunca la escucharon quejarse y aún en el noveno mes seguía yendo todos los días a las cinco de la mañana por la masa para hacer las tortillas del desayuno y el atole blanco. Un día, cerca del alumbramiento, el cansancio dobló sus piernas y cayó por los últimos escalones cuando bajaba de hacer las camas; la casa estaba sola y aunque un dolor intenso en el vientre hizo rodar unos lagrimones por sus mejillas, se levantó y le dijo, quedito, a su retoño “aguántese mijo, que usté viene a este mundo a darse piores caidas questa”. Y aguantó, el niño tardó todavía nueve días en salir al mundo.

Nunca nadie sabría quien fue el padre de la criatura. En su lecho de muerte, Caridad deseó con todas sus fuerzas verlo llegar, pero eso no ocurrió. Ni el fruto de sus primeros pasos como madre estuvo ese día con ella. La acompañaron su hija con otro hombre y dos hijos de un hombre más, pero el primogénito no estuvo presente; viajó un día por la tarde para llegar a la velación y se fue por la mañana antes de que la enterraran. No dijo ni una sola palabra. Él también deseó con todas sus fuerzas saber quien fue su padre y tampoco eso ocurrió.

Los ancianos ofrecieron pagar un doctor de la capital para que atendiera el parto de Caridad, pero ella, siempre en voz baja, les dijo que ella era sola y que sola tendría a su chamaco. Ella no lo sabía en ese entonces, a sus diecisiete años su madurez para el trabajo y su sentido de responsabilidad eran mucho mayores que sus emociones y que su amor, pero su hijo también crecería solo, se convertiría en el hombre solo; tendría muchos hijos, nietos, encontraría a un sinfín de gente a su paso, viajaría por todo el país y tendría el amor incondicional de una mujer, pero seguiría solo, como lo estaba desde que el instante en que fue concebido. Para Caridad tener un hijo se uniría a su larga lista de responsabilidades, de deberes como persona, y no sintió jamás una chispa de ternura ni de amor por la criatura que crecía dentro de ella. Se comparaba a sí misma con las vacas que veía en los corrales en su camino al molino, panzonas, pero estoicas, sin quejarse, teniendo a los becerros de pie y éstos levantándose a las pocas horas a mamar por primera vez la teta materna. Cuando se bañaba veía largamente su cuerpo, y pensaba que la única diferencia con aquellas vacas eran sus dos flacas piernas por que incluso veía manchones blancos en su piel morena de india y sus senos colgantes, llenos de leche que bien podrían servir para llenar las botellas del refrigerador. Se veía y se tallaba fuertemente los sobacos, para no oler a vaca, para diferenciarse más, por que ella trabajaba más, hacía más que solamente pastar y amamantar. Las lágrimas salían sin remedio pero ella no las sentía en su corazón, su piel las confundía con las gotas que caían de la regadera amarrada a un palo y que jalaba con una cuerda para enjuagarse.

El dos de febrero de ese año cayó en lunes. Los señores comían mientras Caridad remendaba sus tres vestidos en su cuarto del jardín. Cuando sintió que era hora, se dirigió al baño y tuvo a su hijo en cuclillas. Lo recogió y lo envolvió en unas toallas que había preparado y luego lo dejó en su catre mientras limpiaba los restos de su propio parto. Lo tomó en sus brazos y con una habilidad inscrita en sus genes hizo una coladera para amamantar a su hijo mientras terminaba sus remiendos. Luego lo volvió a dejar en el catre y siguió con sus labores en la casa. Doña Margarita se dio cuenta hasta la noche, cuando Caridad le sirvió la cena, de que ya había un nuevo habitante en la casa; lo supo por que lo escuchó berrear, hambriento, ya que estaba casi ciega y no notó que Caridad no cargaba ya su panza enorme.
– ¡Caridad, hija, te has convertido en madre criatura!
– Nació a medio día, señora
– Pero anda y tráelo que quiero conocer al pequeño, deja, deja, la leche me la puedo servir sola, ¡tráelo, anda!

Fue por el como hubiera ido por una taza de azúcar o un bolillo de la alacena. El niño se calmó en sus brazos y ella lo atribuyó a que esa noche hacía frío y la friega del día la mantenía templada. La anciana lo observó muy de cerca y sus ojos ciegos escrutaron los ojitos muy negros del recién nacido.
– Éste niño ha nacido viejo, mi niña. Caridad no respondió.

Don Alfonso entró a la cocina y al ver al niño en brazos exclamó un “ah” bien fuerte y satisfecho, cual abuelo que mira por primera vez a su nieto. Abrazó a su mujer y ambos hacían le hacían juegos y daban voces mientras Caridad pensaba en dejárselos sobre una silla mientras acababa de servirles la cena.
– Hijita, el padre Fulgencio no tiene bautizos para este domingo, deberías llevarlo- dijo Don Alfonso.
– No señor, este hijo es mio y Dios nada tiene que ver con él
– Pero no sabes lo que dices criatura, Dios va a cuidar de el, siempre, como cuida de todos nosotros
– Yo me cuido sola. Me voy de San Casimiro, me voy a la capital. Hubo un silencio por unos segundos y luego el niño comenzó a sollozar.
– Ya, ya- lo acarició doña Margarita. -¿Cómo te piensas ir mi niña, con un niño recién nacido? No seas cabeza de piedra, mira que aquí tienes todo para tí y para tu hijo, si nada te ha faltado.
– Mis razones tengo y me voy a ir. Para el sábado en la madrugada, me voy en el camión del correo.
– Nosotros… -Don Alfonso hizo una pausa. -Nosotros podemos cuidarlo un tiempo, si nos lo permites.
– Y llevarlo a bautizar- agregó la anciana.

Caridad, impasiva, apretó al niño en su pecho para que dejara de llorar. Nunca había dejado una tarea sin hacer ni un pendiente sin finalizar. Este hijo suyo era una orden, una orden que ella se sentía forzada a obedecer. Dudó, pero la fuerza de una nueva vida, de un comienzo sin órdenes le convenció de dejar aquella criatura a la suerte de dos ancianos que nada más que pocos años tenían por ofrecerle. Extendió los brazos y dijo que sí. Don Alfonso tomó al bebé y mientras lo contemplaba con su esposa, Caridad terminó de servir la cena. Amamantó de nuevo a su hijo y lo dejó sobre su catre. A la mañana siguiente, nadie fue al Molino, Caridad viajaba ya en los límites del estado.

Los ancianos despertaron con los llantos del crío y supieron en ese instante que el tiempo que se habían ofrecido a cuidarlo sería de los años que les restaban de vida. Mientras doña Margarita siseaba al niño hambriento, don Alfonso salió a conseguir una nodriza y una nueva muchacha que ayudara en la casa. Ambas mujeres se quedaron con la pareja hasta el final de sus días, teniendo de cierto que era nieto de los señores, a su cuidado tras la trágica muerte de su hija en una carretera. El domingo llevaron al niño al templo y el padre Fulgencio lo bautizó. Les preguntó qué día había nacido el varoncito y ellos contestaron que el lunes, día de la Candelaria.
-Yo te bautizo como Cándido, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. Amén”



El Señor de la Misa
abril 24, 2010, 11:04 am
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Entraron cuando el padre decía su homilía. Dos señoras cuidando de un señor con retraso mental. Hace no mucho, pensé, la gente los llamaba tontos y nadie hacía escándalo; los tontos del pueblo, los mongoles, nadie se sentía herido ni ofendido, no existía la intención de degradarlos. Cuarenta y dos años, le calculé; tenía una barba de tres días a lo mucho, y una calva disimulada con los delgados cabellos alrededor, peinados con gel y un cariño infinito. Tenía algunas canas y su barba tenía por allí algunos manchones blancos también. Estaba tranquilo, sentado en la banca, sin hacer un solo ruido, y miraba curioso a su alrededor, como si fuera la primera vez que estaba ahí, atento aunque cada domingo se sentaba en el mismo lugar; sus ojos expresaban tristeza, una tristeza incomprensible y al mismo tiempo la inocencia de un recién nacido, de apenas unos meses. Vestía una playera tipo polo, gris, pantalones de mezclilla y unos zapatos con suela de goma; entre sus manos sostenía un carrito amarillo de plástico, del que hacía girar sus ruedas de vez en cuando. El niño a su lado lo miraba largamente y en momentos volteaba con su mamá y lo señalaba, preguntando, pero el señor no se inmutaba, impasible seguía viendo los cuadros mal pintados que sólo las iglesias adquieren y el ataúd frente al altar. ¿Estaría consciente de eso, de la muerte? ¿sabría que algún día todo esto, la vida, llegaría a su fin? ¿y del niño? ¿cruzaría por su mente que tiene más en común con él que con las personas de su edad, con sus hermanas -las señoras- que vivían con él cuidándolo?

Me imagino a una de sus hermanas, dedicando su día a el. Despertando para bañarlo, llevarlo a hacer sus necesidades y limpiarlo, poniendo el babero y alimentándolo con papillas insípidas de las que el no puede quejarse, solo tragar silencioso, mirando sin expresión el rostro de su hermana mientras esta le platica las cosas bellas que hay en el mundo y que jamás, ninguno de los dos, llegarán a ver. La imagino sacándolo a caminar por la cuadra, despacio, deteniéndose cada que él mira al cielo, tan vacío como su mirada. -¿Qué ves?- pregunta la hermana, pero él sólo la mira, y ella interpreta la respuesta que quiere, -a Dios, al infinito, a ti- mientras limpia la saliva que escurre por la comisura de su boca y sonríe satisfecha. La imagino recostándolo, cada noche, vistiéndolo con el pijama de caricaturas, lavándolo y cantándole alabanzas a una bondad divina en la que cada día deja de creer un poco. Y la imagino luego en su recámara, rezando fervorosamente, ofreciendo su sacrificio, y sintiéndose desolada, llorando en silencio y quedándose dormida con los ojos húmedos.

Me miró. Estaba viendo el ataúd y volteó, despacio, hacia atrás, hacia donde estaba yo. Sus ojos tristes me atravesaron y comprendí que en su mirada no hacían falta las palabras. Lo miré hacer un gesto con la cabeza -sí, entiendo que la vida un día terminará-  me dijo, y no había temor, o rechazo, solo paz y la tranquilidad de una vida en la inocencia, en el impedimento y en el más profundo silencio. Sonrió y sus ojos me preguntaron -¿lo entiendes tú?



Casa
abril 5, 2010, 3:02 pm
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Una señora me despertó tocándome el hombro suavemente. “Ya llegamos, joven” me dijo con su voz rasposa y vieja, susurrando, como si mi madre años antes me avisra que era hora de levantarse e ir a la escuela. Le dí las gracias mientras me estiraba un poco y bostezaba desperezándome. Eran las 4:11 de la mañana y el camión se quedaba solo mientras la señora echaba una última mirada para asegurarse que no dejaba nada detrás.

Me leventé con cuidado, tociéndome para no golpearme la cabeza con los compartimentos superiores y no tropezarme con el descansador aún abajo. Tomé mi maleta y bajé lentamente, agradecí al chofer y entré al andador de la central, con algunos cuantos viajantes desmañanados y acurrucados en las butacas, esperando la voz ininteligible que les indicara cuando subir. Una melodía lastimera sonaba en las bocinas viejas, distinguí un piano y violines, adecuados para adormecer a los que esperaban salir. Subí el cierre de la chamarra antes de salir al acoso de los taxistas ladrones que anidan fuera de los andadores. “Taxi, joven, ¿a dónde lo llevamos?” repetido tantas veces como taxistas asedian en la banqueta desgastada. No gracias. Me detuve un momento y encendí un cigarro. Había fumado antes tan tarde de noche, pero nunca tan temprano en la mañana; el humo salió y el vaho seguía saliendo, como si mi bocanada fuera eterna, como si sacara el humo de mil cigarros guardados a través de los años. Caminé despacio, por que aún estaba adormilado y por que no tenía prisa, hacia las afueras de la central. El silencio era casi total, interrumpido solo por algún radio a lo lejos que se esforzaba por sintonizar una estación en la amplitud modulada con canciones rancheras viejísimas; el polvo esperaba ser levantado por los primeros camiones de la mañana y la neblina delgada y apenas perceptible dibujaba un velo en los edificios de dos cuadras delante.

Marqué el último número en el celular. Me contestó entre sueños y su voz me invadió completamente. “Ya llegué” le dije y pude verla sonreír, acostada, arropada bajo el edredón y las sábanas rosas con café. “Que bueno” contestó en un suspiro. Pisé la colilla y eché a andar hacia la primer avenida.

Estaba en casa.



Hoy escribí
noviembre 4, 2009, 11:49 pm
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Bueno, diario escribo, pero en los estudios que preparo en el trabajo. De cierta bizarra manera, eso me ayuda, por que aunque escribo análisis financieros, cuido siempre mi redacción y gramática: “la empresa presenta un crecimiento en ventas de 15% real anualizando las cifras obtenidas a junio de 2009, gracias a la diversificación de su cartera de clientes, atendiendo empresas como fulana y sutana con quienes ha logrado ingresar por la calidad de su producto y la experiencia de más de 30 años como proveedor de mengana, líder en el mercado de espiroquetas” . No es nada más decir que creció o cayó o mejoró o llegó a tanto (por que nunca, NUNCA, se dice que empeoró), no, hay que, como dicen los jefes, darles a masticar carnita.

El punto es que hoy comencé con el Mes nacional de escritura de novelas, y me ha costado trabajo vencer la hoja blanca, pavorosa como la recordaba de hace un par de años. En esos entonces, cuando según yo escribía, abría Word y me ponía a darle, y hoy que empecé me di cuenta de que Times New Roman es una fuente poco más que fea; me he acostumbrado descaradamente a la Arial en 9 puntos y a los párrafos justificados. Siento que me va a costar más trabajo del que pensé llegar a 50,000 palabras ¡son un chingo! tengo como una hora y no llevo ni 500. Lo malo no es el tiempo, si escribiera tres horas asunto arreglado, lo malo es que después de cierto rato tiendo a bloquearme, tengo las ideas pero me hago bolas y no digo lo que quiero decir. Y releo, y corrijo, y quito y pongo. Y me entretengo y llego al punto en el que ya no sale nada, se cierra la llave. Creo que es cosa de condición, como cuando corro, las primeras veces no aguanto ni 5 minutos corriendo, pero luego de entrenar un tiempo puedo hacerlo por 10, 20, 30 minutos; espero que al finalizar octubre pueda correr maratones literarios escribiendo durante horas sin tener que parar a tomar aire.

Ya veremos, por hoy, ahí queda, ya mañana reeleré eso último que no me gustó y seguro encontraré la forma de que quede leíble.

Espero…



Una Mirada
agosto 2, 2009, 10:25 pm
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La miró, y en su mirada había un sinfín de emociones acumuladas en largos silencios y roces furtivos. No era una chica lo que pudiera decirse bonita: tenía pecas en los pómulos, dientes un tanto grandes para la boca pequeña y una piel más pálida que blanca; sus cabellos burdamente detenidos con una pinza a la que le faltaban tres dientes caían desordenados sobre sus hombros. Estaba sentada en la esquina última del autobús, y frente a ella, en el asiento de enfrente, era observada con la ternura de quien se enamora inocentemente de su mejor amiga, y con el dolor inherente a desear algo que se sabe imposible.

Giró la cabeza y apoyó su barbilla en sus brazos recargados sobre sus rodillas. Miró la puerta y su vista quedó perdida entre la multitud de fuera, quedando el solo pensamiento, sólo la cercanía de sus manos deteniéndose en su respaldo. No era que le importaran los demás, era la angustia de no saber si una declaración abierta la incomodaría y terminaría en el distanciamiento permanente; su amistad era evidente y mientras ella le contaba a media voz los chismes adolescentes de sus compañeros de trabajo, una sola sonrisa asomaba como respuesta, oyendo el relato pero sin prestar atencion a las palabras, solo a sus labios dibujando siluetas en el cálido aire del verano y el cálido aliento de su voz rozando su brazo intencionalmente cerca. No, no podía decírselo, se aferraría por siempre a los placeres cotidianos y ocultos en la estructura básica de la amistad: el beso en la mejilla, los abrazos de cumpleaños, la cercanía de un autobús atestado. Pensando en esto sonrió y la miró de nuevo mientras ella veía por la ventana las casas que se perdían en la velocidad del trayecto. La contempló por unos minutos ensimismada, y acercó su mano a la de ella, que asía el respaldo del asiento frente a ella; no la tocó, se conformó con sentir el suave calor en su dorso e imaginó un día en la que pudiera rozarla impunemente, besarla y llevarla a su pecho para transmitirle sus latidos emocionados. Un movimiento brusco, un bache en el camino, les hizo asirse repentianmente de donde pudieran; tomó su mano, sin querer, y ella volvió la mirada de la ventana al punto en que ambas manos, una sobre la otra, se sostenían instintivamente. Cruzaron una mirada cómplice y sonrieron: ella inocente por que le pareció curioso la coincidencia de sus manos en el mismo punto, y su amiga frente a ella con una malicia un tanto infantil, pues sabía que ese contacto infinitamente agradable y oculto, no era visto más que como una cosa curiosa, dejándole estar cerca, tocarla y seguir imaginando instantes improbables, donde ambas caminaban tomadas de la mano…



Creencias
mayo 30, 2009, 10:50 am
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La gente muchas veces usa las palabras sin realmente ponerse a pensar en el peso que tienen o lo que realmente significan, sólo abren la boca y dejan salir sonidos que apenas alcanzan a entender y que no han pesado antes de arrojarlos a los oídos de alguien más.

Me incluyo.

Muchas veces me he sorprendido a mi mismo diciendo una frase que quiere significar algo totalmente distinto a lo que las palabras que uso quieren realmente decir; es como si en la lingüística y la dicción influyeran las leyes químicas en las que los componentes pierden sus propiedades al combinarse y adquieren unas nuevas al final. La sal, por ejemplo, contiene cloro, venenoso en estado natural y sin embargo la degustamos día con día. Así con las palabras, las mezclamos con otras palabras, las contextualizamos en diferentes situaciones y nos olvidamos de su significado singular dándoles otras propiedades. Es confuso, y cuando alguien nos reclama por haber dicho esto o aquello, nos lavamos las manos diciendo que no fue lo que quisimos decir, que no era esa nuestra intención primera. Somos ignorantes de lo que quisimos decir aún cuando hemos pronunciado nosotros mismos las palabras.
Creer viene del latín credere, “dar fe” y el diccionario nos da cuatro significados que listo a continuación:

1. tener por cierto o verdadero algo que no está demostrado o que no se comprende;
2. tener, sostener o considerar una opinión;
3. considerar algo como probable o posible y
4. dar apoyo o tener confianza.

Creo que estoy confundido. Es decir, considero mi confusión como algo probable o posible y sin embargo no lo doy por cierto. Una sola palabra con definiciones tan diametralmente opuestas, y hasta cierto punto contrarias, es ciertamente un problema. ¿Cómo contextualizar? ¿Cuál es la fórmula que debo seguir para suprimir el veneno de “creer” para que combinada con el sodio de otra palabra resulte algo digerible para quien me escucha? Cuando digo que creo en Dios nadie considera que mi afirmación sea probable o posible, nadie piensa que estoy considerando la posibilidad de que no exista; todo aquel que me escuche estará convencido de que tengo por cierto y verdadero algo que no está demostrado o que no se comprende, que doy mi apoyo y que tengo confianza en que ese concepto divino existe. Ahora, si creo estar enamorado, mis palabras llegarán con un significado totalmente distinto a quienes me escuchen: nadie lo dará por sentado, todos sabrán que se trata de una probabilidad que, dependiendo de mi forma de ser, será tan remota o posible como mi habilidad de distinguir mis sentimientos y sensaciones. ¿Por qué esa distinción? ¿Qué hace tan diferentes a Dios y al amor? ¿No son ambos conceptos tan abstractos y filosóficos que la humanidad ha discutido durante eras sin darle una conclusión? El amor se trata de la confianza, de dar fe de quien se ama, ¿por qué entonces cuando creemos estar enamorados nadie confía en que lo estemos ni da fe de que sea realmente así?

Es por que el amor es otra de las palabras que se usan sin pensar, por que precisamente cuando decimos amor no estamos plenamente conscientes del concepto, de la filosofía que involucra; le damos el peso de una palabra sencilla, de cuatro letras y dos sílabas y en ese contexto amor, papa, mesa, odio y caca son exactamente lo mismo. Hemos reducido al amor a su mera estructura iconográfica y la usamos tan indiscriminadamente que ya nadie se detiene a pensar en que en sus cuatro letras se encierra un misticismo y poder tan grande como en las mismas cuatro letras de la palabra Dios.

Me viene a la mente otra palabra: creencia. La busco en el diccionario y encuentro lo siguiente: certeza que se tiene de algo. Los doctores de la lengua aplicaron la fórmula y al convertir el verbo en sustantivo le despojan de todas sus propiedades excepto una, la certeza: no acepta posibilidades y deja de lado que el objeto mismo de mi creencia sea algo probable o no demostrado. Credibilidad, creyente, crédulo, todas derivadas de creer, hacen referencia a la certeza, a la seguridad de quien pronuncia aún si no está del todo enterado de su significado puntual. Cuatro palabras que hablan de certeza derivadas de una que al mismo tiempo contempla la duda. Trato de entenderlo y viene a mi mente el derecho y la ley.

La ley tiene varias fuentes: no sé mucho de derecho y no quisiera adentrarme en territorios de los que poco conozco. Sin embargo, sé que una de esas fuentes es la costumbre, algo que se ha repetido tantas veces y que es tan común que los legisladores deciden elevarlo a la categoría de ley. Siento que eso fue lo que pasó con creer: la gente, ignorante de su significado puntual, comenzó a “creer que” al igual que comenzó a amar y a odiar, sin pensar lo que decían, usando la fonética por encima del significado. Tanta gente usó así la expresión que la Real Academia no tuvo más opción que hacerla una ley, incluirla en el diccionario, tal como confortable, CD y casete.

No había pensado en todo esto hasta hace unos días. Salí del cine de ver una película que aún no se si me gustó o no y vino a mi mente un pensamiento singular. Tal vez soy un necio y estoy completamente equivocado (“tal vez” puede usarse perfectamente en lugar de “creo que”), pero toda esta disertación lingüística, etimológica y mágico-cómico-musical tiene el único propósito de dejar en claro que estoy totalmente seguro de lo que creo:

Creo que comencé a amar a la Jany aún desde antes de conocerla.