Goma


Hace seis años
noviembre 12, 2010, 10:41 pm
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Fui a un concierto de Mago de Oz con Jany. No se que sea en estos días de Mago de Oz, supe que vinieron a Morelia y por ahí leí que también fueron a Querétaro y tocaron Fiesta Pagana dieciocho veces; pero esa vez que fuimos a verlos, fue digna de recordarse. La pasamos muy bien, recuerdo que estábamos con Tonchi, Yolanda, Alfo y Daniel y Alfo llevaba puestos unos colmillos de vampiro.

Hace seis años faltaban dos meses para que Jany fuera mi novia, pero sólo uno para que yo le dijera -o le hiciera saber, por que no le dije directamente- que quería que fuera “mi chica”. Ese día escribí un cuentillo, si puede llamarse así. Es mejor dicho una anécdota de lo que yo sentí estando ahí con ella. He de advertir que en ese entonces era una persona azotada, MUY azotada, lo verán ya casi al final del escrito, pero todo lo que está ahí escrito fue real. Así lo vivimos, y fue una pieza importante para llegar a donde estamos hoy, seis años después.

En ese entonces lo publiqué con password, no sé por qué, pero se los comparto. Sólo… no sean muy duros, era un chamacón azotado y enamorado, lo que, en cualquier circunstancia es una combinación melosamente explosiva.

Sólo para tus ojos

El murmullo ensordecedor de la música en su más armónico estallido me obligaba a acercar mis labios a tu oído: lo que en otra situación fuera un susurro era reemplazado ahora con un grito apenas audible. Sentí tus brazos ligeros pasar sobre mis hombros, apoyándote para no caer mientras escudriñabas las cabezas de enfrente en busca de un hueco por donde ver el escenario. Giré mi cabeza para ver tu rostro iluminado por las luces intermitentes del espectáculo, tus ojos brillaban con cada destello de luz, tu sonrisa ligera aceleró mis latidos y llegó como una advertencia ineludible en mi cerebro, obligándome a hacer el más grande acopìo de fuerza de voluntad para no besar tus labios. Tomé tu mano pequeña y fría y la coloqué sobre mi pecho. Sonreí para mis adentros y grité fúrico el pedazo de canción que recordaba, dejando el sentimiento en un lugar oscuro de mi subconsciente, a que espere el momento adecuado para regresar y que cuando lo haga, ninguna razón sea de peso para evitarlo. Pensando en tí, es como pasé la noche, como paso los días desde que éste sentimiento mora en mi pecho, luchando eternamente con una cada vez más insensible y dura razón, guardando una lágrima inútil, un reproche fuera de lugar, un abrazo y un beso injustos esclavizando a lo poco de corazón que queda y sin querer vas reviviendo día a día.
Abro los ojos y me encuentro rodeado de gente, los gritos y los aplausos hacen inminente el fin del espectáculo. Las estrellas y el corazón de aquellos hombres fueron y serán los únicos testigos de lo que pasó esa noche dentro de un corazón que se esfuerza por palpitar de nuevo.

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Odisea. Segunda Parte
octubre 25, 2010, 11:22 pm
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Se recostó sobre el catre de su cobertizo y se puso a pensar en el tiempo que había pasado en la ciudad. Había conocido a algunos voceadores, y cada domingo cuando iba a los baños públicos pasaba unos minutos platicando con el viejecito de la entrada. “En mis tiempos”, le decía el viejo “no nos dejaban entrar, a los muchachos. Sólo los adultos entraban a sentarse en el baño y mojar sus cuerpos. Pero tú, no eres un chamaco, no. Eres viejo, como yo, encerrado en ese cuerpecillo frágil y ennegrecido”. Cándido sentía la pesadez de los años en su corazón; sus miembros eran ágiles, su pensamiento lúcido y su carácter afable, pero desde que se fue del pueblo no había jugado con ningún niño. Apostaba tostones con Eusebio jugando a las cartas y el rey de oros siempre le sonreía. “Te los cambio por una bolsa de detergente” y Cándido aceptaba, mientras el tendero refunfuñando anotaba una deuda más de Eusebio en su cuaderno de cuentas por cobrar. Eusebio pagaba puntualmente al final de mes, por eso Chema mantenía abierta su línea de crédito, aunque no le gustaba fiar. “Es el negocio de hoy Chema, hágame caso. La señora del treinta y siete le paga siempre más por el favor”. Cándido escuchaba y de la visión de Eusebio se hizo de una sólida base de clientes de boleo y de periódicos: cuando los ejecutivos entrajinados se sentaban en el parque para lustrar sus zapatos, Cándido les pasaba un periódico. “Me voy a tardar, pero verá cómo quedan de limpios sus botines, Licenciado. Andéle, no me haga caras, le dejo el periódico de hoy”. Y cuando se levantaban y metían las manos a sus bolsillos, Cándido les detenía “deje, deje, que me paga al fin de mes. Yo aquí llevo mi cuenta y verá que hasta le hago un descuento si viene cada semana”. Por supuesto, le compraban el periódico cada tercer día y los lunes, cuando salían por sus tlacoyos de comal a media mañana, iban con Cándido a lustar su calzado.

Pero no tenía amigos.

Durmió. En su sueño caminaba por una calle obscura aún de día, con muchos árboles frondosos y de hojas amarillentas y naranjas; en las ramas posaban todos los pájaros del mundo, todas las especies, viéndolo caminar. Gorriones, cardenales, jilgueros, aves del paraíso, azulejos, tordos; águilas majestuosas, arpías y reales, halcones, búhos; gallinas, gansos, guajolotes e incluso varios tipos de pinguinos y una avestruz enorme. Y en los troncos había pintadas siluetas de mujeres, todas las mujeres del mundo, niñas y ancianas, hermosas y deformes, todas estaban ahí. Y mientras veía las siluetas y las aves, se dio cuenta de que podría encontrar a su madre, pues en su mente ella era una sombra, sin facciones, como aquellas que descansaban en los troncos viejos y sabios. De pronto se detuvo, y frente a él estaba una cabra rumiando unas briznas tiernas, ya que el pavimento cedía ante una alfombra verde y húmeda, bajo el incesante techo de hojas y aves. La cabra lo miró, directo a los ojos.
– Tu madre no está aquí.
– Aquí están todas las mujeres del mundo.
– ¡Tu madre no está aquí! -graznó una urraca

Cándido miró hacia donde se encontraba el ave, que abría y cerraba el pico mecánicamente, sin emitir sonido. “¡Aquí están todas las mujeres del mundo! ¡Todas!” gritó, y todas las aves comenzaron a gritar, “aquí no está tu madre, aquí no está tu madre” le gritaban, chillonas las águilas, graves los búhos, burlonas las cacatúas y cantando los canarios. Se tiró al suelo y comenzó a llorar. Nunca había llorado. Poco a poco el estruendo de las aves comenzó a calmarse, hasta que unas vocecillas apenas perceptibles, seguían negando en la lejanía. Temblaba.
– Tu madre no está aquí- dijo nuevamente la cabra.
– ¿Dónde está? ¿Dónde está mi madre? ¡Tengo que encontrarla!

Silencio.

La cabra sostuvo la mirada del muchacho por un momento. Luego bajó el rostro y comenzó a caminar, por la alfombra verde. “Sígueme” habló nuevamente, y comenzó a caminar. Poco a poco, los árboles se hacían menos densos; caminaron durante horas enteras, y las siluetas de las mujeres se desvanecían conforme avanzaban. Las aves comenzaban a volar en dirección contraria y ya no hablaban, emitían sus sonidos y cantos y la arboleda cada vez más espaciada, quedaba en silencio conforme el batir de las alas desaparecía detrás del animal y el hombre. Los últimos árboles estaban uno frente al otro y estaban completamente secos, no había más aves en sus ramas y cedían el paso a un llano interminable, de pasto crecido y una cálida luz de atardecer. Frente a ellos, se erigía un molino. La cabra se detuvo.
– Tenemos que llegar al molino
Silencio
– Cabra, ¿ahí está mi madre?
La cabra no emitía ningún sonido. Se giró y aunque Cándido miró el cencerro moverse, no escuchó nada. La cabra abrió el hocico y tampoco logró captar sonido alguno. “¡Cabra!” Llamó, más para asegurarse de no estar sordo que para tratar de retener al animal. Dio un paso en la llanura interminable y despertó.

Fue un despertar tranquilo, abrio los ojos y sintió la oscuridad penetrar en sus pupilas e inundarlo. Se levantó de la cama y sin pensar mucho en el sueño, se dispuso a lavarse el rostro y prepararse para ir al periódico. Desde entonces manifestaba la habilidad de dormir exactamente el tiempo necesario, nunca en su vida se quedaría dormido un minuto más del propuesto, sin necesidad de alarmas y despertadores, siempre estaba listo cuando necesitaba estarlo. El cobertizo estaba en un rincón de un huerto mas o menos grande. Un huerto dentro de la ciudad, propiedad de un maestro nostálgico. En otra esquina, había un grifo que nunca dejaba de gotear, abierto o cerrado y debajo de éste una cubeta que recolectaba el agua del día. Extendió sus manos para atrapar un poco y lavarse la cara, y al hacerlo notó sus manos arrugadas y manchadas. Tocó su rostro y múltiples zurcos en sus mejillas le hicieron saber que también estaba envejecido. Se detuvo, tocando su pelo delgado y frágil, sintiendo su cráneo rígido y frío. Luego, metió las manos al agua y se aseó. Estaba viejo. Viejo desde que nació y esa mañana sus ojos y sus dedos vieron en su interior, vieron su propia alma.

Cuando salió de la casa, sus manos, su rostro y su cabellos volvían a ser los de un muchacho de quince años. Cándido no se alteraba, pensaba en las cosas y las analizaba pausadamente. Pensó en el sueño y miró los árboles de camino al Reformado, pero no había más que un par de palomas y tórtolas anunciando el alba. Cu-ucú, las escuchaba, cu-ucú. “Aquí están todas las mujeres del mundo” dijo, pero las tórtolas seguían su canción inmutable.

Meditó varios días, pensando si seguiría buscando a su madre o enterraba el recuerdo en un punto del camino de la arboleda al molino. Recordaba a Pantaleón y decidía firmemente renunciar a todo intento; luego pensaba en la cabra en las palabras sin sonido al final del camino y se recordaba que en aquella ciudad, vivían todas las mujeres del mundo. Sabía que era ridículo preguntar a las cabras, además, no había corrales ni más animales que ratas, perros y gatos en las calles que recorría. No volvió a soñar la arboleda, ni a las aves; seguía con su vida normal, yendo a sus clases de primaria, boleando los zapatos de los licenciados de tlacoyos en el almuerzo y bañándose cada domingo, después de una breve charla con el anciano de la entrada. A Eusebio nunca le comentó nada de su sueño, hablaban de los bastos y las espadas, y el rey de oros que seguía en la mano de Cándido cada vez, pero no de sueños. No de sueños.



Odisea
octubre 22, 2010, 12:38 am
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Cuando Cándido llego a la capital, era un triunfador de la vida: campeón de canicas con el registro perfecto de tiros a la chirimoya, líder absoluto en baile de trompo, maestro de la pirinola y un tahúr en los juegos de baraja española; la vagancia infantil elevada a su máxima expresión al haber llegado a los catorce años sin padres. Al haberlo ganado todo en el pueblo que lo vio crecer, decidió buscar mayores retos y como su madre, decidió ir a la capital. Sabía que su madre se encontraba ahí, don Alfonso se lo dijo antes de morir hacía un par de años apenas, y quería encontrarla. No sabía cómo, pero estaba seguro de que alguien con su habilidad en los juegos más difíciles como la rayuela y el cero bracero podría ingeniárselas para encontrar a una persona.

Tardó dos años en encontrarla.

Y cuando lo hizo, entró a su casa pobrísima y encontró a Caridad envejecida de manera prematura, su piel morena se volvió casi negra y sus manos callosas mostraban ya un temblor que sólo empeoraría con los años. Estaba planchando, y junto a ella, una niña de siete años doblaba hábilmente las camisas y cuando alcanzaba a su madre, corría a mecer la hamaca donde dos niños lloraban en pañales. “¡Juana!” llamó Caridad, “deja a esos chamacos que se cansen de llorar, ven y dobla esta camisa” Y mientras Juana atravesaba el portal de la casa para acercarse al burro, la sombra de Cándido le cubrió el rostro. La niña había terminado de asustarse ya con los hombres que veía llegar a su casa para no quedarse por más que un par de meses, borrachos, gandules y patanes que de hombres sólo tenían el pito y los cojones; una sombra en la puerta no asustaba a una niña que se había escondido por tres días seguidos de una pandilla de maleantes que llegaron ahogados de borrachos a golpear y amenazar, liderados por un abominable gendarme retirado que quería llevarse a la criatura por ser el padre legítimo, para ponerla a trabajar como se debe, para enseñarla a el valor del trabajo honrado, y para sacarla de ese jacal asqueroso, donde quién sabe cuantos hombres llegaban a buscar a su puta. Así decía él, ahogado y embravecido, vitoreado por sus tres secuaces quienes voltearon la casa, pero no encontraron a la niña. Otros tres personajes no menos pintorescos llegaron en los seis años de vida de Juana a querer reclamar su legítima paternidad. Caridad, la recia, tampoco reveló nunca ese secreto. Cándido entro en la casa, se sentó a la mesa de la cocina y miró largamente a Caridad. Ella, inmutable, solamente reparó en él hasta que terminó el último puño de la última camisa. Con la mano en la plancha, lo miró, despacio, sin ningún gesto, ninguna sorpresa. Lo reconoció al ver sus ojos de niño viejo, y volviendo la mirada al burro se puso a enredar el cable de la plancha.
– ¿A qué veniste?
– Pues a que. Por usted, mamá.
– No se ni como te llamas.
– Cándido. Cándido Jiménez, como Caridad, Caridad Jiménez.
– Pus yo no te quiero aquí, muchacho. Ya bastante tengo que hacer, y no hay lugar ni donde te tires a dormir. Te ves bueno pal trabajo, bien que te las puedes ver para ver por ti solito.
– Llevo dos años buscándola, sí me las he visto, hartas veces. Yo nomás quería saber quien era usted.

Se levantó en silencio y se fue. Caridad terminó de guardar el burro y la plancha y apuró a Juana a espulgar el frijol para ponerlo a cocer. Encontró veinte pesos en la mesa, arrugados, y los tomó sin ningún gesto; le encargó la casa a Juana y salió a comprar un bolillo y pilón, con el dinero que su hijo le había llevado.

Cándido tenía en sus genes la misma obsesión con el deber y la responsabilidad. A pesar de ser el estandarte de la vagancia, daba un lugar prioritario a sus responsabilidades como trabajador y como único sustento de su familia. El primer día que llegó a la ciudad, preguntó por el periódico y para la mañana siguiente ya era un vocero oficial del Reformado. Buscó una escuela y por su tenacidad, el profesor le permitió entrar al primer grado a los doce años. Asistía sin falta, después de vender sus periódicos y lavarse la cara en la fuente que quedaba de camino a la escuela y fue un alumno destacado, aprendiendo rápido y vorazmente, con una inteligencia brillante. Dormía debajo de una banca en un parque y cada día apartaba religiosamente siete centavos para acudir los domingos a los baños de la colonia Irrigación y ducharse el cuerpo entero. Comía poco y mal, el dinero que ganaba ajustaba estrechamente para lápices y algo de pan y sopa aguada, que complementaba con jitomates que encontraba en los basureros de los supermercados y que partía con una navaja oxidada para separar la parte podrida. Su postre eran los plátanos de cáscara completamente negra, que parecían una bolsa de miel por la consistencia de su interior. Fueron tiempos difíciles e incluso sus hijos, décadas después, supieron de esta época cada que hacían gestos repulsivos a un plátano pecoso o se negaban a comer la verdura de sus platos. “Hambre deberían pasar, hambre de verdad, de no haber comido en dos días, para que supieran apreciar lo que tienen a la mesa” les repetía una y otra vez.

Para cuando encontró a su madre, ya cursaba el tercer grado de primaria y vivía en un cobertizo que su profesor de primero le rentaba por cincuenta centavos cada dos semanas. Tenía un cajón financiado para bolear y que pagaba con dos boleadas al día; de la tercera en adelante, ya era su ganancia. Además, seguía vendiendo sus periódicos y estudiando arduamente para algún día, verse en un traje de sastre, como aquellos que vestían los señores a quienes boleaba los zapatos después de salir de la escuela. “Algún día seré licenciado” decía, y aunque le costara veinte años, lo lograría. No es que fuera ambicioso, no deseaba riquezas, lujos o una vida de ocio al retirarse, lo que más deseaba era trabajar, ser útil hasta el final de sus días y se convencía a sí mismo de que lo era cada que llevaba los veinte pesos a la mesa de su madre; muchas veces sólo encontraba a Juana, con la suciedad seca en las mejillas, cuidando de sus dos hermanitos y en silencio dejaba el dinero sin decir nada más; luego tomaba a juana de la mano y la llevaba a la llave de la colonia, la abría para que el agua corriera abundante y con la punta de su camiseta limpiaba las costras de mugre en su carita redonda y morena, para que su madre viera qué bonita era. Caridad la veía, pero no decía nada, la ponía a hacer cualquier tarea para que bien pronto se volviera a ensuciar. el hollín, en la escala de Caridad, era lo que ennoblecía e espíritu y forjaba el carácter de las personas: solamente aquellos que estuvieron sucios hasta los codos sabían lo que era un trabajo de verdad y lo valoraban como lo más sagrado; los niños que nunca tuvieron responsabilidades, se convertirían invariablemente en vagos malagradecidos sin oportunidades de ser alguien bueno y comprometido.

Cuando llegó a la ciudad, después de buscarse un trabajo para llevarse el pan a la boca, Cándido comenzó la tarea titánica de encontrar a su madre. Preguntaba a cuanta persona conocía, “¿Conoce a Caridad Jiménez, una india silenciosa, alta y recia que bien pudiera se mi madre?” e incontables veces se quedaba sin respuesta. Cada día a una persona diferente, se propuso y no fue sino hasta un año después de llegar que recibió una respuesta positiva. Eusebio, el muchacho nuevo de los ultramarinos de la veintidós, conoció en una borrachera de año nuevo a un gendarme que visitaba regularmente a una india que planchaba ajeno. “No se si sea Jiménez carnalito” le dijo, “pero estoy bien seguro que se llama Caridad”. Eusebio no sabía ni la dirección, sólamente recordaba la juerga de antología que había tomado el enero pasado; el Gendarme se jactaba frente a los muchachos de su inmadurez “que van a saber ustedes de mujeres si son todos una bola de escuincles valemadre” decía. “Caridad mis pendejitos, esa sí es una mujer, no como las putillas de tres pesos que se consiguen”. Esto Eusebio lo tuvo bien grabado, ya que después de esa borrachera no fue nunca más a un burdel. Años después, cuando Cándido fue finalmente un licenciado, se reencontró con Eusebio, que ya era dueño de cuatro minisúper y tenía de casado más de cinco años. “Encontré a mi Caridad, carnalito” le dijo sonriente, y nunca más volvió a saber de él.

Se dedicó a platicar con cuanto Gendarme se encontraba. Ya desde chico mostró la condición que le perseguiría por el resto de su vida: confiar ciegamente en las personas que decían querer ayudarlo pero que en el fondo buscaban solamente beneficiarse de su buena voluntad. Un gendarme de nombre Pantaleón, el tercero que conoció, le dijo conocer a Caridad y se ofreció incluso a llevarlo a conocerla, si le hacía unos favorcillos, “sencillos para un chamaco fuerte y sano como tú”. Lo hizo cargar bultos de ropa usada que su esposa vendía en el mercado de la Cinco de Mayo, con el pretexto de que nada era gratis en la vida y que si quería encontrar a su mujer, tendría que poner de su parte. Cada sábado, Cándido llegaba a las cinco de la mañana a la puerta del gendarme Pantaleón a acarrear los montones de ropas por cinco cuadras, de subida. “Ya te la estás ganando muchacho, un par de bultos más para que conozcas a tu jefecita” repetía Pantaleón cada sábado. Durante tres meses, Cándido cargo los bultos, en silencio, hasta el día en que llegando al puesto de la mujer, escuchó al gendarme pedir cinco pesos por prestarle su muchacho a unos vendedores de zapatos. Se marchó, perdiéndose entre la gente y por unas semanas renunció a su deseo de encontrar a Caridad.



San Casimiro
octubre 20, 2010, 10:54 pm
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En 1942, la guerra no existía en San Casimiro. La venta de una mula, que el ciudadano alcalde sería el padrino del doceavo hijo de la familia Calvillo o el comienzo de la cosecha del maíz era lo que los pueblerinos escuchaban en las cantinas, el sermón del padre Fulgencio o en las tiendas de las esquinas. Lo más cercano que la gente escuchaba de aquella guerra ajena eran los hijos que nacían sin padre: “ha de ser hijo de un soldado” decían las comadronas al salir de la iglesia, mientras compraban verduras en el tianguis, pues no concebían otra razón para que una criatura naciera solamente con su madre. Caridad era una de tantas novias de soldados, sola y embarazada; no tenía familia, llegó al pueblo sin que nadie se diera cuenta y trabajaba para un par de ancianos que no fueron capaces de darle hijos al mundo, vivía con ellos y los atendía con esmero y poca estima. Era una muchacha que sin ser bonita, llamaba la atención de los transeúntes cuando iba al molino por las mañanas, no asistía a misa y nunca se le escuchó decir una palabra por la calle, por eso mismo era uno de los temas recurrentes del pueblo, Caridad, la recia, embarazada de un soldado.

Durante las últimas semanas de su embarazo, los ancianos se esmeraban prodigándole cariños y concesiones, pero Caridad no dejaba ninguna de sus tareas. Tardaba casi una hora subiendo la cubeta llena de agua desde el fondo del pozo y no permitía que nadie le ayudara. Sin decir palabra planchaba las camisas del señor mientras vigilaba la olla de los frijoles y forjaba en su mente el plan de irse a la capital. Doña Margarita le acercaba tés de gordolobo y de linaza y le apartaba un cuenco de leche tibia en las mañanas que Caridad vaciaba en la botella y volvía a guardar en el desvencijado refrigerador amarillento y ruidoso que los ancianos se negaban a sustituir. Nunca la escucharon quejarse y aún en el noveno mes seguía yendo todos los días a las cinco de la mañana por la masa para hacer las tortillas del desayuno y el atole blanco. Un día, cerca del alumbramiento, el cansancio dobló sus piernas y cayó por los últimos escalones cuando bajaba de hacer las camas; la casa estaba sola y aunque un dolor intenso en el vientre hizo rodar unos lagrimones por sus mejillas, se levantó y le dijo, quedito, a su retoño “aguántese mijo, que usté viene a este mundo a darse piores caidas questa”. Y aguantó, el niño tardó todavía nueve días en salir al mundo.

Nunca nadie sabría quien fue el padre de la criatura. En su lecho de muerte, Caridad deseó con todas sus fuerzas verlo llegar, pero eso no ocurrió. Ni el fruto de sus primeros pasos como madre estuvo ese día con ella. La acompañaron su hija con otro hombre y dos hijos de un hombre más, pero el primogénito no estuvo presente; viajó un día por la tarde para llegar a la velación y se fue por la mañana antes de que la enterraran. No dijo ni una sola palabra. Él también deseó con todas sus fuerzas saber quien fue su padre y tampoco eso ocurrió.

Los ancianos ofrecieron pagar un doctor de la capital para que atendiera el parto de Caridad, pero ella, siempre en voz baja, les dijo que ella era sola y que sola tendría a su chamaco. Ella no lo sabía en ese entonces, a sus diecisiete años su madurez para el trabajo y su sentido de responsabilidad eran mucho mayores que sus emociones y que su amor, pero su hijo también crecería solo, se convertiría en el hombre solo; tendría muchos hijos, nietos, encontraría a un sinfín de gente a su paso, viajaría por todo el país y tendría el amor incondicional de una mujer, pero seguiría solo, como lo estaba desde que el instante en que fue concebido. Para Caridad tener un hijo se uniría a su larga lista de responsabilidades, de deberes como persona, y no sintió jamás una chispa de ternura ni de amor por la criatura que crecía dentro de ella. Se comparaba a sí misma con las vacas que veía en los corrales en su camino al molino, panzonas, pero estoicas, sin quejarse, teniendo a los becerros de pie y éstos levantándose a las pocas horas a mamar por primera vez la teta materna. Cuando se bañaba veía largamente su cuerpo, y pensaba que la única diferencia con aquellas vacas eran sus dos flacas piernas por que incluso veía manchones blancos en su piel morena de india y sus senos colgantes, llenos de leche que bien podrían servir para llenar las botellas del refrigerador. Se veía y se tallaba fuertemente los sobacos, para no oler a vaca, para diferenciarse más, por que ella trabajaba más, hacía más que solamente pastar y amamantar. Las lágrimas salían sin remedio pero ella no las sentía en su corazón, su piel las confundía con las gotas que caían de la regadera amarrada a un palo y que jalaba con una cuerda para enjuagarse.

El dos de febrero de ese año cayó en lunes. Los señores comían mientras Caridad remendaba sus tres vestidos en su cuarto del jardín. Cuando sintió que era hora, se dirigió al baño y tuvo a su hijo en cuclillas. Lo recogió y lo envolvió en unas toallas que había preparado y luego lo dejó en su catre mientras limpiaba los restos de su propio parto. Lo tomó en sus brazos y con una habilidad inscrita en sus genes hizo una coladera para amamantar a su hijo mientras terminaba sus remiendos. Luego lo volvió a dejar en el catre y siguió con sus labores en la casa. Doña Margarita se dio cuenta hasta la noche, cuando Caridad le sirvió la cena, de que ya había un nuevo habitante en la casa; lo supo por que lo escuchó berrear, hambriento, ya que estaba casi ciega y no notó que Caridad no cargaba ya su panza enorme.
– ¡Caridad, hija, te has convertido en madre criatura!
– Nació a medio día, señora
– Pero anda y tráelo que quiero conocer al pequeño, deja, deja, la leche me la puedo servir sola, ¡tráelo, anda!

Fue por el como hubiera ido por una taza de azúcar o un bolillo de la alacena. El niño se calmó en sus brazos y ella lo atribuyó a que esa noche hacía frío y la friega del día la mantenía templada. La anciana lo observó muy de cerca y sus ojos ciegos escrutaron los ojitos muy negros del recién nacido.
– Éste niño ha nacido viejo, mi niña. Caridad no respondió.

Don Alfonso entró a la cocina y al ver al niño en brazos exclamó un “ah” bien fuerte y satisfecho, cual abuelo que mira por primera vez a su nieto. Abrazó a su mujer y ambos hacían le hacían juegos y daban voces mientras Caridad pensaba en dejárselos sobre una silla mientras acababa de servirles la cena.
– Hijita, el padre Fulgencio no tiene bautizos para este domingo, deberías llevarlo- dijo Don Alfonso.
– No señor, este hijo es mio y Dios nada tiene que ver con él
– Pero no sabes lo que dices criatura, Dios va a cuidar de el, siempre, como cuida de todos nosotros
– Yo me cuido sola. Me voy de San Casimiro, me voy a la capital. Hubo un silencio por unos segundos y luego el niño comenzó a sollozar.
– Ya, ya- lo acarició doña Margarita. -¿Cómo te piensas ir mi niña, con un niño recién nacido? No seas cabeza de piedra, mira que aquí tienes todo para tí y para tu hijo, si nada te ha faltado.
– Mis razones tengo y me voy a ir. Para el sábado en la madrugada, me voy en el camión del correo.
– Nosotros… -Don Alfonso hizo una pausa. -Nosotros podemos cuidarlo un tiempo, si nos lo permites.
– Y llevarlo a bautizar- agregó la anciana.

Caridad, impasiva, apretó al niño en su pecho para que dejara de llorar. Nunca había dejado una tarea sin hacer ni un pendiente sin finalizar. Este hijo suyo era una orden, una orden que ella se sentía forzada a obedecer. Dudó, pero la fuerza de una nueva vida, de un comienzo sin órdenes le convenció de dejar aquella criatura a la suerte de dos ancianos que nada más que pocos años tenían por ofrecerle. Extendió los brazos y dijo que sí. Don Alfonso tomó al bebé y mientras lo contemplaba con su esposa, Caridad terminó de servir la cena. Amamantó de nuevo a su hijo y lo dejó sobre su catre. A la mañana siguiente, nadie fue al Molino, Caridad viajaba ya en los límites del estado.

Los ancianos despertaron con los llantos del crío y supieron en ese instante que el tiempo que se habían ofrecido a cuidarlo sería de los años que les restaban de vida. Mientras doña Margarita siseaba al niño hambriento, don Alfonso salió a conseguir una nodriza y una nueva muchacha que ayudara en la casa. Ambas mujeres se quedaron con la pareja hasta el final de sus días, teniendo de cierto que era nieto de los señores, a su cuidado tras la trágica muerte de su hija en una carretera. El domingo llevaron al niño al templo y el padre Fulgencio lo bautizó. Les preguntó qué día había nacido el varoncito y ellos contestaron que el lunes, día de la Candelaria.
-Yo te bautizo como Cándido, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. Amén”



Autostop
septiembre 20, 2010, 11:08 pm
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La última vez que fui a mi rancho en auto, fue un sábado por la mañana. Estaba en la ruina, había puesto doscientos pesos de gasolina el viernes anterior y a mitad del camino que me lleva a la carretera tuve que regresar por que la lluvia era intensa y el reloj ya marcaba las nueve y media: si seguía lloviendo y yo manejando, llegaría a la una de la mañana, en un viaje peligroso y oscuro. Ese sábado por la mañana viajaba con ciento setenta pesos de combustible y apostaba más a mi suerte que al rendimiento del vehículo para llegar.

La mañana era clara, aunque gris, y una llovizna suave humedecía el camino. Justo cuando me incorporé a la carretera, vi a dos muchachos haciendo señales para que los llevaran. Recordé a Sal Paradise en la caja del viejo camión cruzando por Nebraska, compartiendo whiskey barato y aullando a la luna y las estrellas y me detuve, a unos metros de los muchachos. No tenía un viejo camión, ni whiskey, ni luna ni estrellas, pero me detuve y bajé un poco el cristal del conductor.

– ¿A dónde van?
– Bien, ahm, vamos hacia allá -dijo apuntando en la dirección hacia donde iba la carretera. Hacia la caseta de Zamora.
– Y si los llevo…
– Bien, ahm, tenemos un poco de dinero, aquí… cien pesos, no podemos darte más, necesitamos el resto para la comida y una cama limpia hasta que lleguemos allá.
– No, no, no quiero su dinero. Si los llevo, ¿no me harán daño? Ustedes son dos, y se escuchan muchas cosas trágicas por ahí.
– No daño, no -dijo el segundo chico. We’re buenos muchachos, just traveling.
– Pongan sus mochilas en la cajuela. Y cuidado con Cenobio, que viene dormido.

Eran un par de muchachitos estadounidenses. El primero, Jhonathan, era de tez blanca y cabello oscuro y largo, hasta los hombros, un chico apuesto y bien vestido, usaba una chaqueta Naútica, camisa polo de la misma marca y jeans de los que no vi etiqueta o logotipos, al igual que sus botas; era apuesto y tendría unos diecisiete años. Mark era bajito, rubio y con un poco de sobrepeso, usaba una sudadera de tela a rayas y una playera tan deslavada que no se distinguía nada de lo que alguna vez dijo. Usaba unos tenis viejos Nike con cintas diferentes en cada pie. Jhonathan hablaba bien el español, aunque con algunas muletillas y Mark solo conocía algunas palabras aunque lo entendía casi todo.

Venían de Portland,estudiaban en México DF aunque no entendí bien que. Una clase de intercambio cultural, sin ir a la escuela, pero aprendiendo costumbres, algo de sociología y política. Pensé que era algo denso para chicos de su edad pero no comenté nada al respecto. Iban a Maruata, pero querían conocer Zamora por una chica que conocieron en Coyoacán y los invitó. Ella los llevaría en auto hasta maruata con algunos familiares de ella y de regreso a Zamora. Estimaban su viaje en unas seis semanas, y para ese lapso de tiempo contaban, en conjunto, con mil setecientos treinta y ocho pesos, incluyendo los cien que me querían dar por llevarlos. Los llevaría hasta Zamora, si pudiera, pero tenía prisa y poco combustible.

Eran un par agradable. La mayor parte de la conversación fue en español, con Jhonathan, con unos pocos comentarios combinados de Mark “Yeah, yeah, estamos viaje solos, los dos; we´re amigos, from back there, allá, América” y hasta después de la primer hora y media me animé a hablar en inglés. Mark rió, pero según él fue por que no esperaba que yo hablara bien el inglés. Yo sé que fue por el acento. Platicamos de lo que aprendían en su intercambio y lo que más me llamó la atención fue el como ellos percibían la nacionalidad de nosotros y la de ellos.

– Los mexicanos, en general, se enorgullecen de ser Mexicanos. Henchidos de orgullo entonan el himno en el estado Azteca, y coléricos gritan consignas en las marchas que paralizan la ciudad de México, en contra de lo que consideran el mal gobierno, las injusticias. Pero tiran el vaso de cartón en el que bebieron su cerveza a la gente debajo de ellos en el estadio, obstruyen el paso a las personas que van a desempeñar sus trabajos, e insultan a quienes tratan de dialogar con un punto de vista diferente. Aman México, pero no parecen hacer nada por cuidarlo, por mejorarlo. Y es conflictivo, al menos para mí -and for me (añadió Mark).

Me quedé sorprendido, por sobre todas las cosas, por que un joven, de diecisiete años de edad, viera así a una sociedad, con esas palabras, con esa consternación en la mirada. “Es una lástima” dijo mientras veia por la ventana las colinas enverdecidas, los lagos formados con la lluvia de anoche y la neblina bajando lentamente a cubrir los campos.

Manejamos un rato en silencio. Y después, con una canción, comenzaron ambos a cantar. Era “Mykonos” de Fleet Foxes, y la sabían completa. Mark tenía una voz increíble y me dijo que cantaba en una banda en Portland, “Sociopath”.

– ¿Tienes algo de Café Tacvba?- Me preguntó Jhonathan
– Mucho ¿qué quieres escuchar?
– Trópico de Cáncer, si la tienes.
– Sí la tengo.

Con las palmas tocaban sus muslos al ritmo de la guitarra acústica. Sabían también toda la letra. Gritamos un verso:

Por eso yo ya me voy,
no quiero tener nada que ver,
con esa fea relación de acción, construcción, destrucción, u-uuu

Justo antes de que terminara la canción, llegamos a la caseta. Bajaron y sonriendo me dieron las gracias. Tomaron sus maletas y cruzaron corriendo la carretera, en dirección a Zamora.



El Señor de la Misa
abril 24, 2010, 11:04 am
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Entraron cuando el padre decía su homilía. Dos señoras cuidando de un señor con retraso mental. Hace no mucho, pensé, la gente los llamaba tontos y nadie hacía escándalo; los tontos del pueblo, los mongoles, nadie se sentía herido ni ofendido, no existía la intención de degradarlos. Cuarenta y dos años, le calculé; tenía una barba de tres días a lo mucho, y una calva disimulada con los delgados cabellos alrededor, peinados con gel y un cariño infinito. Tenía algunas canas y su barba tenía por allí algunos manchones blancos también. Estaba tranquilo, sentado en la banca, sin hacer un solo ruido, y miraba curioso a su alrededor, como si fuera la primera vez que estaba ahí, atento aunque cada domingo se sentaba en el mismo lugar; sus ojos expresaban tristeza, una tristeza incomprensible y al mismo tiempo la inocencia de un recién nacido, de apenas unos meses. Vestía una playera tipo polo, gris, pantalones de mezclilla y unos zapatos con suela de goma; entre sus manos sostenía un carrito amarillo de plástico, del que hacía girar sus ruedas de vez en cuando. El niño a su lado lo miraba largamente y en momentos volteaba con su mamá y lo señalaba, preguntando, pero el señor no se inmutaba, impasible seguía viendo los cuadros mal pintados que sólo las iglesias adquieren y el ataúd frente al altar. ¿Estaría consciente de eso, de la muerte? ¿sabría que algún día todo esto, la vida, llegaría a su fin? ¿y del niño? ¿cruzaría por su mente que tiene más en común con él que con las personas de su edad, con sus hermanas -las señoras- que vivían con él cuidándolo?

Me imagino a una de sus hermanas, dedicando su día a el. Despertando para bañarlo, llevarlo a hacer sus necesidades y limpiarlo, poniendo el babero y alimentándolo con papillas insípidas de las que el no puede quejarse, solo tragar silencioso, mirando sin expresión el rostro de su hermana mientras esta le platica las cosas bellas que hay en el mundo y que jamás, ninguno de los dos, llegarán a ver. La imagino sacándolo a caminar por la cuadra, despacio, deteniéndose cada que él mira al cielo, tan vacío como su mirada. -¿Qué ves?- pregunta la hermana, pero él sólo la mira, y ella interpreta la respuesta que quiere, -a Dios, al infinito, a ti- mientras limpia la saliva que escurre por la comisura de su boca y sonríe satisfecha. La imagino recostándolo, cada noche, vistiéndolo con el pijama de caricaturas, lavándolo y cantándole alabanzas a una bondad divina en la que cada día deja de creer un poco. Y la imagino luego en su recámara, rezando fervorosamente, ofreciendo su sacrificio, y sintiéndose desolada, llorando en silencio y quedándose dormida con los ojos húmedos.

Me miró. Estaba viendo el ataúd y volteó, despacio, hacia atrás, hacia donde estaba yo. Sus ojos tristes me atravesaron y comprendí que en su mirada no hacían falta las palabras. Lo miré hacer un gesto con la cabeza -sí, entiendo que la vida un día terminará-  me dijo, y no había temor, o rechazo, solo paz y la tranquilidad de una vida en la inocencia, en el impedimento y en el más profundo silencio. Sonrió y sus ojos me preguntaron -¿lo entiendes tú?



Casa
abril 5, 2010, 3:02 pm
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Una señora me despertó tocándome el hombro suavemente. “Ya llegamos, joven” me dijo con su voz rasposa y vieja, susurrando, como si mi madre años antes me avisra que era hora de levantarse e ir a la escuela. Le dí las gracias mientras me estiraba un poco y bostezaba desperezándome. Eran las 4:11 de la mañana y el camión se quedaba solo mientras la señora echaba una última mirada para asegurarse que no dejaba nada detrás.

Me leventé con cuidado, tociéndome para no golpearme la cabeza con los compartimentos superiores y no tropezarme con el descansador aún abajo. Tomé mi maleta y bajé lentamente, agradecí al chofer y entré al andador de la central, con algunos cuantos viajantes desmañanados y acurrucados en las butacas, esperando la voz ininteligible que les indicara cuando subir. Una melodía lastimera sonaba en las bocinas viejas, distinguí un piano y violines, adecuados para adormecer a los que esperaban salir. Subí el cierre de la chamarra antes de salir al acoso de los taxistas ladrones que anidan fuera de los andadores. “Taxi, joven, ¿a dónde lo llevamos?” repetido tantas veces como taxistas asedian en la banqueta desgastada. No gracias. Me detuve un momento y encendí un cigarro. Había fumado antes tan tarde de noche, pero nunca tan temprano en la mañana; el humo salió y el vaho seguía saliendo, como si mi bocanada fuera eterna, como si sacara el humo de mil cigarros guardados a través de los años. Caminé despacio, por que aún estaba adormilado y por que no tenía prisa, hacia las afueras de la central. El silencio era casi total, interrumpido solo por algún radio a lo lejos que se esforzaba por sintonizar una estación en la amplitud modulada con canciones rancheras viejísimas; el polvo esperaba ser levantado por los primeros camiones de la mañana y la neblina delgada y apenas perceptible dibujaba un velo en los edificios de dos cuadras delante.

Marqué el último número en el celular. Me contestó entre sueños y su voz me invadió completamente. “Ya llegué” le dije y pude verla sonreír, acostada, arropada bajo el edredón y las sábanas rosas con café. “Que bueno” contestó en un suspiro. Pisé la colilla y eché a andar hacia la primer avenida.

Estaba en casa.