Goma


Autostop
septiembre 20, 2010, 11:08 pm
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La última vez que fui a mi rancho en auto, fue un sábado por la mañana. Estaba en la ruina, había puesto doscientos pesos de gasolina el viernes anterior y a mitad del camino que me lleva a la carretera tuve que regresar por que la lluvia era intensa y el reloj ya marcaba las nueve y media: si seguía lloviendo y yo manejando, llegaría a la una de la mañana, en un viaje peligroso y oscuro. Ese sábado por la mañana viajaba con ciento setenta pesos de combustible y apostaba más a mi suerte que al rendimiento del vehículo para llegar.

La mañana era clara, aunque gris, y una llovizna suave humedecía el camino. Justo cuando me incorporé a la carretera, vi a dos muchachos haciendo señales para que los llevaran. Recordé a Sal Paradise en la caja del viejo camión cruzando por Nebraska, compartiendo whiskey barato y aullando a la luna y las estrellas y me detuve, a unos metros de los muchachos. No tenía un viejo camión, ni whiskey, ni luna ni estrellas, pero me detuve y bajé un poco el cristal del conductor.

– ¿A dónde van?
– Bien, ahm, vamos hacia allá -dijo apuntando en la dirección hacia donde iba la carretera. Hacia la caseta de Zamora.
– Y si los llevo…
– Bien, ahm, tenemos un poco de dinero, aquí… cien pesos, no podemos darte más, necesitamos el resto para la comida y una cama limpia hasta que lleguemos allá.
– No, no, no quiero su dinero. Si los llevo, ¿no me harán daño? Ustedes son dos, y se escuchan muchas cosas trágicas por ahí.
– No daño, no -dijo el segundo chico. We’re buenos muchachos, just traveling.
– Pongan sus mochilas en la cajuela. Y cuidado con Cenobio, que viene dormido.

Eran un par de muchachitos estadounidenses. El primero, Jhonathan, era de tez blanca y cabello oscuro y largo, hasta los hombros, un chico apuesto y bien vestido, usaba una chaqueta Naútica, camisa polo de la misma marca y jeans de los que no vi etiqueta o logotipos, al igual que sus botas; era apuesto y tendría unos diecisiete años. Mark era bajito, rubio y con un poco de sobrepeso, usaba una sudadera de tela a rayas y una playera tan deslavada que no se distinguía nada de lo que alguna vez dijo. Usaba unos tenis viejos Nike con cintas diferentes en cada pie. Jhonathan hablaba bien el español, aunque con algunas muletillas y Mark solo conocía algunas palabras aunque lo entendía casi todo.

Venían de Portland,estudiaban en México DF aunque no entendí bien que. Una clase de intercambio cultural, sin ir a la escuela, pero aprendiendo costumbres, algo de sociología y política. Pensé que era algo denso para chicos de su edad pero no comenté nada al respecto. Iban a Maruata, pero querían conocer Zamora por una chica que conocieron en Coyoacán y los invitó. Ella los llevaría en auto hasta maruata con algunos familiares de ella y de regreso a Zamora. Estimaban su viaje en unas seis semanas, y para ese lapso de tiempo contaban, en conjunto, con mil setecientos treinta y ocho pesos, incluyendo los cien que me querían dar por llevarlos. Los llevaría hasta Zamora, si pudiera, pero tenía prisa y poco combustible.

Eran un par agradable. La mayor parte de la conversación fue en español, con Jhonathan, con unos pocos comentarios combinados de Mark “Yeah, yeah, estamos viaje solos, los dos; we´re amigos, from back there, allá, América” y hasta después de la primer hora y media me animé a hablar en inglés. Mark rió, pero según él fue por que no esperaba que yo hablara bien el inglés. Yo sé que fue por el acento. Platicamos de lo que aprendían en su intercambio y lo que más me llamó la atención fue el como ellos percibían la nacionalidad de nosotros y la de ellos.

– Los mexicanos, en general, se enorgullecen de ser Mexicanos. Henchidos de orgullo entonan el himno en el estado Azteca, y coléricos gritan consignas en las marchas que paralizan la ciudad de México, en contra de lo que consideran el mal gobierno, las injusticias. Pero tiran el vaso de cartón en el que bebieron su cerveza a la gente debajo de ellos en el estadio, obstruyen el paso a las personas que van a desempeñar sus trabajos, e insultan a quienes tratan de dialogar con un punto de vista diferente. Aman México, pero no parecen hacer nada por cuidarlo, por mejorarlo. Y es conflictivo, al menos para mí -and for me (añadió Mark).

Me quedé sorprendido, por sobre todas las cosas, por que un joven, de diecisiete años de edad, viera así a una sociedad, con esas palabras, con esa consternación en la mirada. “Es una lástima” dijo mientras veia por la ventana las colinas enverdecidas, los lagos formados con la lluvia de anoche y la neblina bajando lentamente a cubrir los campos.

Manejamos un rato en silencio. Y después, con una canción, comenzaron ambos a cantar. Era “Mykonos” de Fleet Foxes, y la sabían completa. Mark tenía una voz increíble y me dijo que cantaba en una banda en Portland, “Sociopath”.

– ¿Tienes algo de Café Tacvba?- Me preguntó Jhonathan
– Mucho ¿qué quieres escuchar?
– Trópico de Cáncer, si la tienes.
– Sí la tengo.

Con las palmas tocaban sus muslos al ritmo de la guitarra acústica. Sabían también toda la letra. Gritamos un verso:

Por eso yo ya me voy,
no quiero tener nada que ver,
con esa fea relación de acción, construcción, destrucción, u-uuu

Justo antes de que terminara la canción, llegamos a la caseta. Bajaron y sonriendo me dieron las gracias. Tomaron sus maletas y cruzaron corriendo la carretera, en dirección a Zamora.

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Lucha
julio 23, 2010, 1:27 pm
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Algún día, tendré una secretaria.

Y me llamará, por el intercom “Licenciado, tiene una llamada del Sr Fulanito”. Nadie me dice licenciado, tantos años de sufrimiento (ajá) para que sea “el joven”; pero algún día mi secretaria me llamará así. Licenciado. Y yo le pediré mi taza de café en la mañana, sin azúcar Lucha, por favor. Sí licenciado. Y pensará que ya lo sabe pues diario me prepara mi café sin azúcar, pero no con fastidio, sino condescendiente “ay licenciado, diario me dice lo mismo”, algo así.

Se va a llamar Luz, “pero usted digame Lucha” me va a decir. Y le voy a hablar de usted, por dos razones: 1) respeto por que va a ser una señora, no una muchachita y 2) se oye más profesional, mejor, cuando un jefe le habla de usted a su secretaria. “Lolita, comuníqueme por favor con el Licenciado Archundia”. Lucha va a ser una señora, por que así nos evitamos malentendidos y malinterpretaciones; viéndome como me voy a ver en ese entonces, guapo, maduro y exitoso, sería fácil para una muchachita confundir mi actitud solícita y bondadosa con algo más. Para una señora centrada y eficiente esto pasaría desapercibido, enfocándose únicamente en su trabajo. Seré un jefe bueno, aunque estricto, cada que Lucha pase a mi oficina antes de irse para ver si se me ofrece algo más, no la retendré, dejaré que se vaya siempre a sus horas.

Lucha tendrá que ser a la vez capaz y empática, ya que conocerá gran parte de mi vida privada sin involucrarse. “Lucha, llame por favor al restaurant y hágame una reservación a las 9:00, voy a cenar con mi esposa por nuestro aniversario” le voy a pedir, “Claro que sí licenciado, felicidades. Ese restaurante está en remodelación y está cerrado, pero permítame recomendarle este otro, tienen una arrachera exquisita” me responderá, conociendo mi gusto por la carne. Lucha, la eficaz.

Algún día, tendré una secretaria.



Voces
mayo 5, 2010, 8:03 pm
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Claudia escucha, atenta, lo que la niña tiene que decirle. “Creo que no quedó bien el piso, Claudia” dice la niña, y Claudia, en voz baja, susurrando, le dice que está bien, que lo ha limpiado tres veces. “Lo haces por molestarme” finaliza y segundos después las dos ríen, jijiji. Otras veces no es la niña, sino el gendarme quien le habla mientras trabaja; la pretende y le dice piropos pueblerinos para hacerla sonrojar “que bonita florecita la de este jardín” le dice, y Claudia, de nuevo, susurra sus vergüenzas y ríe y se sonroja. Y luego corre a esconderse, pero el gendarme siempre sabe donde está, dentro del almacén de las escobas y los trapeadores. Toca la puerta y le hace halagos y gestos y lanza voces como jugando con un infante: “¿Dónde estará Claudia, que la he perdido de vista?” Y Claudia ríe de nuevo, con su jijiji susurrante e inocente, apartando los cabellos de su rostro y escondiendo su cara avergonzada. Las menos veces, es la señora, la enojona, quien habla con Claudia. “Te he dicho que los trastes tienen que guardarse en este cajón, Claudia, ¿cómo puedes ser tan descuidada?” Y Claudia calla entonces, cabizbaja y cuando la señora se da la vuelta maldice un poco, inocentemente “vieja malvada” le dice, y la vieja se voltea y reclama furibunda: “¿Que has dicho, insolente? Bien puedes largarte de aquí, si no te parece” Pero Claudia no se larga, guarda los trastes en el cajón y se va a limpiar los cubículos de los que trabajan en la oficina.

Con nosotros no habla mucho, Claudia. “¿Se le ofrece algo de la tienda, Joven?” Me dice diario entre 9:00 y 10:00 de la mañana y cuando le pregunto algo, apenas escucho el par de palabras que arroja. Sólo habla con ellos, ellos a quien solamente ella ve. Y me dicen los demás “Claudia habla sola, ¿te has fijado?” Así me dicen, pero ellos no saben, como yo, que la niña, el gendarme y la vieja están con Claudia siempre y la hacen reír, suspirar y llorar, todo dentro de la oficina, en las ocho horas que emplea en tener el piso en orden, siendo el engranaje discreto que mantiene nuestros lugares pulcros. Y Claudia no lo sabe tampoco, pero las veces que la he visto hablando al aire, hago una mueca cómplice, para que sepa que no le diré a nadie de la niña ni de la vieja y menos del gendarme, que se lo pueden correr por distraerla.

“Haces bien” me dice el enano que vive entre los cables, “no les digas de ellos, te van a juzgar como loco”. “Lo se -le respondo- que bueno que estás aquí para recordármelo”



El Señor de la Misa
abril 24, 2010, 11:04 am
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Entraron cuando el padre decía su homilía. Dos señoras cuidando de un señor con retraso mental. Hace no mucho, pensé, la gente los llamaba tontos y nadie hacía escándalo; los tontos del pueblo, los mongoles, nadie se sentía herido ni ofendido, no existía la intención de degradarlos. Cuarenta y dos años, le calculé; tenía una barba de tres días a lo mucho, y una calva disimulada con los delgados cabellos alrededor, peinados con gel y un cariño infinito. Tenía algunas canas y su barba tenía por allí algunos manchones blancos también. Estaba tranquilo, sentado en la banca, sin hacer un solo ruido, y miraba curioso a su alrededor, como si fuera la primera vez que estaba ahí, atento aunque cada domingo se sentaba en el mismo lugar; sus ojos expresaban tristeza, una tristeza incomprensible y al mismo tiempo la inocencia de un recién nacido, de apenas unos meses. Vestía una playera tipo polo, gris, pantalones de mezclilla y unos zapatos con suela de goma; entre sus manos sostenía un carrito amarillo de plástico, del que hacía girar sus ruedas de vez en cuando. El niño a su lado lo miraba largamente y en momentos volteaba con su mamá y lo señalaba, preguntando, pero el señor no se inmutaba, impasible seguía viendo los cuadros mal pintados que sólo las iglesias adquieren y el ataúd frente al altar. ¿Estaría consciente de eso, de la muerte? ¿sabría que algún día todo esto, la vida, llegaría a su fin? ¿y del niño? ¿cruzaría por su mente que tiene más en común con él que con las personas de su edad, con sus hermanas -las señoras- que vivían con él cuidándolo?

Me imagino a una de sus hermanas, dedicando su día a el. Despertando para bañarlo, llevarlo a hacer sus necesidades y limpiarlo, poniendo el babero y alimentándolo con papillas insípidas de las que el no puede quejarse, solo tragar silencioso, mirando sin expresión el rostro de su hermana mientras esta le platica las cosas bellas que hay en el mundo y que jamás, ninguno de los dos, llegarán a ver. La imagino sacándolo a caminar por la cuadra, despacio, deteniéndose cada que él mira al cielo, tan vacío como su mirada. -¿Qué ves?- pregunta la hermana, pero él sólo la mira, y ella interpreta la respuesta que quiere, -a Dios, al infinito, a ti- mientras limpia la saliva que escurre por la comisura de su boca y sonríe satisfecha. La imagino recostándolo, cada noche, vistiéndolo con el pijama de caricaturas, lavándolo y cantándole alabanzas a una bondad divina en la que cada día deja de creer un poco. Y la imagino luego en su recámara, rezando fervorosamente, ofreciendo su sacrificio, y sintiéndose desolada, llorando en silencio y quedándose dormida con los ojos húmedos.

Me miró. Estaba viendo el ataúd y volteó, despacio, hacia atrás, hacia donde estaba yo. Sus ojos tristes me atravesaron y comprendí que en su mirada no hacían falta las palabras. Lo miré hacer un gesto con la cabeza -sí, entiendo que la vida un día terminará-  me dijo, y no había temor, o rechazo, solo paz y la tranquilidad de una vida en la inocencia, en el impedimento y en el más profundo silencio. Sonrió y sus ojos me preguntaron -¿lo entiendes tú?



Casa
abril 5, 2010, 3:02 pm
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Una señora me despertó tocándome el hombro suavemente. “Ya llegamos, joven” me dijo con su voz rasposa y vieja, susurrando, como si mi madre años antes me avisra que era hora de levantarse e ir a la escuela. Le dí las gracias mientras me estiraba un poco y bostezaba desperezándome. Eran las 4:11 de la mañana y el camión se quedaba solo mientras la señora echaba una última mirada para asegurarse que no dejaba nada detrás.

Me leventé con cuidado, tociéndome para no golpearme la cabeza con los compartimentos superiores y no tropezarme con el descansador aún abajo. Tomé mi maleta y bajé lentamente, agradecí al chofer y entré al andador de la central, con algunos cuantos viajantes desmañanados y acurrucados en las butacas, esperando la voz ininteligible que les indicara cuando subir. Una melodía lastimera sonaba en las bocinas viejas, distinguí un piano y violines, adecuados para adormecer a los que esperaban salir. Subí el cierre de la chamarra antes de salir al acoso de los taxistas ladrones que anidan fuera de los andadores. “Taxi, joven, ¿a dónde lo llevamos?” repetido tantas veces como taxistas asedian en la banqueta desgastada. No gracias. Me detuve un momento y encendí un cigarro. Había fumado antes tan tarde de noche, pero nunca tan temprano en la mañana; el humo salió y el vaho seguía saliendo, como si mi bocanada fuera eterna, como si sacara el humo de mil cigarros guardados a través de los años. Caminé despacio, por que aún estaba adormilado y por que no tenía prisa, hacia las afueras de la central. El silencio era casi total, interrumpido solo por algún radio a lo lejos que se esforzaba por sintonizar una estación en la amplitud modulada con canciones rancheras viejísimas; el polvo esperaba ser levantado por los primeros camiones de la mañana y la neblina delgada y apenas perceptible dibujaba un velo en los edificios de dos cuadras delante.

Marqué el último número en el celular. Me contestó entre sueños y su voz me invadió completamente. “Ya llegué” le dije y pude verla sonreír, acostada, arropada bajo el edredón y las sábanas rosas con café. “Que bueno” contestó en un suspiro. Pisé la colilla y eché a andar hacia la primer avenida.

Estaba en casa.



Nubes
diciembre 6, 2009, 10:40 pm
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Despegó. Estaba a la mitad de la plaza, llena de gente y despegó. Fue la primera vez que toda esa gente veía a alguien volar, como en las películas, como en las historias de héroes y villanos y en las caricaturas. Volar con solo flexionar las rodillas, como si fueran a dar un gran salto, pero sin caer, al menos sin verlo caer. Hubo quienes gritaron. ¿Es el reflejo natural de algunas personas? ¿Gritar? Por ejemplo, la joven de la falda negra que estaba sentada al borde de la fuente seca en esa hora del día, grita cada que ve un grillo, o cada que se cierra una puerta de golpe, grita. Seguía con la vista al joven un tanto desaliñado, pues aún así se veía atractivo; el paso lento y firme, con la frente en alto y los ojos perdidos en el inmenso azul sin nubes de arriba. Aunque no miraba su camino, no chocó con nadie, y vaya que la plaza estaba llena ese día. Cuando se inclinó, la muchacha de la falda negra, sentada en la fuente seca, pensó que recogería cualquier cosa del suelo: se inclinó casi como haciendo una sentadilla y cuando voló, de la nada, la joven gritó. Fue un grito corto, de golpe, un “ah” subido de tono, nada terrorífico o desgarrador; de hecho los que estaban más al extremo de la plaza, por las aceras junto a las calles no pudieron escucharla gritar, solamente quienes estaban cerca pudieron, y se preocuparon más por el grito distractor que por el hombre que volaba por encima de sus cabezas. El hombre de los globos fue uno de ellos. Estaba parado, cobijándose a la sombra multicolor de sus globos de diversos tamaños, colores y formas y cuando escuchó el grito miró rápido hacia la fuente; sus ojos vieron los ojos de la mujer de la falda negra y siguieron la pista, hacia el cielo, hacia el hombre que se elevaba entre los edificios y dos globos se soltaron de su nudo inmenso y sofisticado. Se estiró para alcanzarlos pero su brazo era corto y la posición en la que detenía el resto de los globos le impedía hacerlo mejor. Dejó sus globos en una cerca del jardín y brincó, brincó de nuevo y por tercera vez, pero no pudo alcanzarlos. Flexionó sus piernas para brincar más alto y cuando lo hizo alcanzó sus globos perdidos, y los rebasó. Escuchó a penas el nuevo grito de la mujer de la falda negra y vio el mismo temor en sus ojos, pero ahora desde arriba, desde una altura de unos tres pisos, lo sabía por que por la ventana también vio el gran tres rojo por un lado del elevador que se abría, dejando libres a los ejecutivos de medio nivel que llegaban tarde después de la hora de la comida.

Y estaba volando. Miró hacia arriba y vio al primer hombre, que se elevaba hacia el cielo como uno de sus globos. Un globo negro y desaliñado. Quiso alcanzarlo, pero de pronto no supo como manejar su poder. Así decidió llamar a este evento, su poder, tenía un poder, como tantas veces lo imaginó siendo niño. Poder. Intentó haciendo los movimientos del nado de rana, pero nada pasaba, seguía elevándose como un globo pero sin controlar nada. Intentó patalear pero de nuevo, nada pasó. Escuchó un grito, un grito diferente esta vez, un grito de miedo y de confusión, un grito prolongado que iba en aumento; miró hacia abajo y a pocos metros distinguió a la joven de la falda negra, elevándose y gritando e iba a mayor velocidad que él. Pronto lo pasó de largo y cuando sus miradas se cruzaron, supo que no tenía ningún poder y que esta eventualidad no tendría en absoluto un final feliz. Miró hacia abajo de nuevo y vio despegar a una señora. No tenía miedo, sentía curiosidad, se elevaba con una sonrisa y miraba a su alrededor, como si fuera subiendo la montaña rusa, esperando impaciente la adrenalina del descenso. También se elevó un hombre en traje, un niño y un perro y tras de él, su amo al final de la correa. Todos se elevaban, como Pedro, el leve, el del cuento, el de las fantasías de los libros de primaria. Pero no había Hebes que los detuvieran y aunque las hubiese, también ellas estarían flotando, aunque con menos velocidad, por que las Hebes serían grandes y pesadas. El hombre de los globos pensó en todo esto y miró de nuevo hacia arriba. Vio al hombre desaliñado tomar la mano de la mujer de la falda. Había dejado de gritar y se aferró al joven, como si su peso combinado pudiera ayudarlos a descender. Estaban ya por encima de los edificios, y la vista en esa altura era maravillosa. Los vio intercambiar algunas palabras, y la chica sonrió. Lo estaba conociendo. Cada día se sentaba en la fuente y cada día miraba al joven desaliñado pasar, mirando al cielo, sin chocar con nadie. Cada día había pensado en detenerlo y sostener cualquier tipo de plática, pero ella no era así, sólo esperaba que algún día, mientras pasaba, dejara de mirar el cielo y la viera a ella, que también era bonita y podía ser igual de profunda que el azul. Y ahí estaban, mirándose, subiendo y subiendo.
– Te he visto desde la primera vez que te sentaste en la fuente. Te veía arriba, aquí arriba, conmigo. Y aquí estamos.
– ¿Dejaremos de subir algún día?
– Algún día, seguramente.
– ¿Por qué nos pasa esto?
– Por que somos libres, por que hemos entendido y por que la tierra ya no es lugar para nosotros.
– ¿Libres? ¿de qué? ¿qué hemos entendido y por qué la tierra no es lugar para nosotros?
– Haces demasiadas preguntas. Ya casi llegamos.

El hombre de los globos los perdió de vista y no pudo encontrarlos de nuevo. La señora curiosa seguía debajo de el, junto al niño y al perro y a su amo, que venían un poco más abajo. Y más abajo aún el resto de la gente. Todo el mundo. Se elevaban hacia la vida y hacia la libertad y cuando pasaron una altura incalculable, de sus espaldas salieron alas, alas enormes y variadas: algunas eran blancas, como de palomas y otras más se extendían inmensas como de águilas o halcones, algunas eran pequeñas y algunas más eran membranosas. Pero todos tenían alas y todos podían volar. No podían regresar a la tierra, por más que lo intentaran, no podían bajar. El hombre de los globos pudo controlar su poder y comenzó a explorar las nubes más lejanas y a seguir las corrientes. Y pronto olvidó sus globos y su humanidad y vivió, como viven el joven desaliñado y la mujer de la falda negra, por siempre en los cielos, y cuando nuevos hombres llegaron a la tierra vieron las nubes y veían formas, a veces globos, a veces animales, y no sabían que esas formas vivieron alguna vez su mundo y que algún día, ellos también llenarían otros cielos para despertar la imaginación de los que vendrían después.