Goma


Odisea. Segunda Parte
octubre 25, 2010, 11:22 pm
Filed under: Escritos | Etiquetas: , , , ,

Se recostó sobre el catre de su cobertizo y se puso a pensar en el tiempo que había pasado en la ciudad. Había conocido a algunos voceadores, y cada domingo cuando iba a los baños públicos pasaba unos minutos platicando con el viejecito de la entrada. “En mis tiempos”, le decía el viejo “no nos dejaban entrar, a los muchachos. Sólo los adultos entraban a sentarse en el baño y mojar sus cuerpos. Pero tú, no eres un chamaco, no. Eres viejo, como yo, encerrado en ese cuerpecillo frágil y ennegrecido”. Cándido sentía la pesadez de los años en su corazón; sus miembros eran ágiles, su pensamiento lúcido y su carácter afable, pero desde que se fue del pueblo no había jugado con ningún niño. Apostaba tostones con Eusebio jugando a las cartas y el rey de oros siempre le sonreía. “Te los cambio por una bolsa de detergente” y Cándido aceptaba, mientras el tendero refunfuñando anotaba una deuda más de Eusebio en su cuaderno de cuentas por cobrar. Eusebio pagaba puntualmente al final de mes, por eso Chema mantenía abierta su línea de crédito, aunque no le gustaba fiar. “Es el negocio de hoy Chema, hágame caso. La señora del treinta y siete le paga siempre más por el favor”. Cándido escuchaba y de la visión de Eusebio se hizo de una sólida base de clientes de boleo y de periódicos: cuando los ejecutivos entrajinados se sentaban en el parque para lustrar sus zapatos, Cándido les pasaba un periódico. “Me voy a tardar, pero verá cómo quedan de limpios sus botines, Licenciado. Andéle, no me haga caras, le dejo el periódico de hoy”. Y cuando se levantaban y metían las manos a sus bolsillos, Cándido les detenía “deje, deje, que me paga al fin de mes. Yo aquí llevo mi cuenta y verá que hasta le hago un descuento si viene cada semana”. Por supuesto, le compraban el periódico cada tercer día y los lunes, cuando salían por sus tlacoyos de comal a media mañana, iban con Cándido a lustar su calzado.

Pero no tenía amigos.

Durmió. En su sueño caminaba por una calle obscura aún de día, con muchos árboles frondosos y de hojas amarillentas y naranjas; en las ramas posaban todos los pájaros del mundo, todas las especies, viéndolo caminar. Gorriones, cardenales, jilgueros, aves del paraíso, azulejos, tordos; águilas majestuosas, arpías y reales, halcones, búhos; gallinas, gansos, guajolotes e incluso varios tipos de pinguinos y una avestruz enorme. Y en los troncos había pintadas siluetas de mujeres, todas las mujeres del mundo, niñas y ancianas, hermosas y deformes, todas estaban ahí. Y mientras veía las siluetas y las aves, se dio cuenta de que podría encontrar a su madre, pues en su mente ella era una sombra, sin facciones, como aquellas que descansaban en los troncos viejos y sabios. De pronto se detuvo, y frente a él estaba una cabra rumiando unas briznas tiernas, ya que el pavimento cedía ante una alfombra verde y húmeda, bajo el incesante techo de hojas y aves. La cabra lo miró, directo a los ojos.
– Tu madre no está aquí.
– Aquí están todas las mujeres del mundo.
– ¡Tu madre no está aquí! -graznó una urraca

Cándido miró hacia donde se encontraba el ave, que abría y cerraba el pico mecánicamente, sin emitir sonido. “¡Aquí están todas las mujeres del mundo! ¡Todas!” gritó, y todas las aves comenzaron a gritar, “aquí no está tu madre, aquí no está tu madre” le gritaban, chillonas las águilas, graves los búhos, burlonas las cacatúas y cantando los canarios. Se tiró al suelo y comenzó a llorar. Nunca había llorado. Poco a poco el estruendo de las aves comenzó a calmarse, hasta que unas vocecillas apenas perceptibles, seguían negando en la lejanía. Temblaba.
– Tu madre no está aquí- dijo nuevamente la cabra.
– ¿Dónde está? ¿Dónde está mi madre? ¡Tengo que encontrarla!

Silencio.

La cabra sostuvo la mirada del muchacho por un momento. Luego bajó el rostro y comenzó a caminar, por la alfombra verde. “Sígueme” habló nuevamente, y comenzó a caminar. Poco a poco, los árboles se hacían menos densos; caminaron durante horas enteras, y las siluetas de las mujeres se desvanecían conforme avanzaban. Las aves comenzaban a volar en dirección contraria y ya no hablaban, emitían sus sonidos y cantos y la arboleda cada vez más espaciada, quedaba en silencio conforme el batir de las alas desaparecía detrás del animal y el hombre. Los últimos árboles estaban uno frente al otro y estaban completamente secos, no había más aves en sus ramas y cedían el paso a un llano interminable, de pasto crecido y una cálida luz de atardecer. Frente a ellos, se erigía un molino. La cabra se detuvo.
– Tenemos que llegar al molino
Silencio
– Cabra, ¿ahí está mi madre?
La cabra no emitía ningún sonido. Se giró y aunque Cándido miró el cencerro moverse, no escuchó nada. La cabra abrió el hocico y tampoco logró captar sonido alguno. “¡Cabra!” Llamó, más para asegurarse de no estar sordo que para tratar de retener al animal. Dio un paso en la llanura interminable y despertó.

Fue un despertar tranquilo, abrio los ojos y sintió la oscuridad penetrar en sus pupilas e inundarlo. Se levantó de la cama y sin pensar mucho en el sueño, se dispuso a lavarse el rostro y prepararse para ir al periódico. Desde entonces manifestaba la habilidad de dormir exactamente el tiempo necesario, nunca en su vida se quedaría dormido un minuto más del propuesto, sin necesidad de alarmas y despertadores, siempre estaba listo cuando necesitaba estarlo. El cobertizo estaba en un rincón de un huerto mas o menos grande. Un huerto dentro de la ciudad, propiedad de un maestro nostálgico. En otra esquina, había un grifo que nunca dejaba de gotear, abierto o cerrado y debajo de éste una cubeta que recolectaba el agua del día. Extendió sus manos para atrapar un poco y lavarse la cara, y al hacerlo notó sus manos arrugadas y manchadas. Tocó su rostro y múltiples zurcos en sus mejillas le hicieron saber que también estaba envejecido. Se detuvo, tocando su pelo delgado y frágil, sintiendo su cráneo rígido y frío. Luego, metió las manos al agua y se aseó. Estaba viejo. Viejo desde que nació y esa mañana sus ojos y sus dedos vieron en su interior, vieron su propia alma.

Cuando salió de la casa, sus manos, su rostro y su cabellos volvían a ser los de un muchacho de quince años. Cándido no se alteraba, pensaba en las cosas y las analizaba pausadamente. Pensó en el sueño y miró los árboles de camino al Reformado, pero no había más que un par de palomas y tórtolas anunciando el alba. Cu-ucú, las escuchaba, cu-ucú. “Aquí están todas las mujeres del mundo” dijo, pero las tórtolas seguían su canción inmutable.

Meditó varios días, pensando si seguiría buscando a su madre o enterraba el recuerdo en un punto del camino de la arboleda al molino. Recordaba a Pantaleón y decidía firmemente renunciar a todo intento; luego pensaba en la cabra en las palabras sin sonido al final del camino y se recordaba que en aquella ciudad, vivían todas las mujeres del mundo. Sabía que era ridículo preguntar a las cabras, además, no había corrales ni más animales que ratas, perros y gatos en las calles que recorría. No volvió a soñar la arboleda, ni a las aves; seguía con su vida normal, yendo a sus clases de primaria, boleando los zapatos de los licenciados de tlacoyos en el almuerzo y bañándose cada domingo, después de una breve charla con el anciano de la entrada. A Eusebio nunca le comentó nada de su sueño, hablaban de los bastos y las espadas, y el rey de oros que seguía en la mano de Cándido cada vez, pero no de sueños. No de sueños.

Anuncios

Dejar un comentario so far
Deja un comentario



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s



A %d blogueros les gusta esto: