Goma


Odisea
octubre 22, 2010, 12:38 am
Filed under: Escritos | Etiquetas: , , , ,

Cuando Cándido llego a la capital, era un triunfador de la vida: campeón de canicas con el registro perfecto de tiros a la chirimoya, líder absoluto en baile de trompo, maestro de la pirinola y un tahúr en los juegos de baraja española; la vagancia infantil elevada a su máxima expresión al haber llegado a los catorce años sin padres. Al haberlo ganado todo en el pueblo que lo vio crecer, decidió buscar mayores retos y como su madre, decidió ir a la capital. Sabía que su madre se encontraba ahí, don Alfonso se lo dijo antes de morir hacía un par de años apenas, y quería encontrarla. No sabía cómo, pero estaba seguro de que alguien con su habilidad en los juegos más difíciles como la rayuela y el cero bracero podría ingeniárselas para encontrar a una persona.

Tardó dos años en encontrarla.

Y cuando lo hizo, entró a su casa pobrísima y encontró a Caridad envejecida de manera prematura, su piel morena se volvió casi negra y sus manos callosas mostraban ya un temblor que sólo empeoraría con los años. Estaba planchando, y junto a ella, una niña de siete años doblaba hábilmente las camisas y cuando alcanzaba a su madre, corría a mecer la hamaca donde dos niños lloraban en pañales. “¡Juana!” llamó Caridad, “deja a esos chamacos que se cansen de llorar, ven y dobla esta camisa” Y mientras Juana atravesaba el portal de la casa para acercarse al burro, la sombra de Cándido le cubrió el rostro. La niña había terminado de asustarse ya con los hombres que veía llegar a su casa para no quedarse por más que un par de meses, borrachos, gandules y patanes que de hombres sólo tenían el pito y los cojones; una sombra en la puerta no asustaba a una niña que se había escondido por tres días seguidos de una pandilla de maleantes que llegaron ahogados de borrachos a golpear y amenazar, liderados por un abominable gendarme retirado que quería llevarse a la criatura por ser el padre legítimo, para ponerla a trabajar como se debe, para enseñarla a el valor del trabajo honrado, y para sacarla de ese jacal asqueroso, donde quién sabe cuantos hombres llegaban a buscar a su puta. Así decía él, ahogado y embravecido, vitoreado por sus tres secuaces quienes voltearon la casa, pero no encontraron a la niña. Otros tres personajes no menos pintorescos llegaron en los seis años de vida de Juana a querer reclamar su legítima paternidad. Caridad, la recia, tampoco reveló nunca ese secreto. Cándido entro en la casa, se sentó a la mesa de la cocina y miró largamente a Caridad. Ella, inmutable, solamente reparó en él hasta que terminó el último puño de la última camisa. Con la mano en la plancha, lo miró, despacio, sin ningún gesto, ninguna sorpresa. Lo reconoció al ver sus ojos de niño viejo, y volviendo la mirada al burro se puso a enredar el cable de la plancha.
– ¿A qué veniste?
– Pues a que. Por usted, mamá.
– No se ni como te llamas.
– Cándido. Cándido Jiménez, como Caridad, Caridad Jiménez.
– Pus yo no te quiero aquí, muchacho. Ya bastante tengo que hacer, y no hay lugar ni donde te tires a dormir. Te ves bueno pal trabajo, bien que te las puedes ver para ver por ti solito.
– Llevo dos años buscándola, sí me las he visto, hartas veces. Yo nomás quería saber quien era usted.

Se levantó en silencio y se fue. Caridad terminó de guardar el burro y la plancha y apuró a Juana a espulgar el frijol para ponerlo a cocer. Encontró veinte pesos en la mesa, arrugados, y los tomó sin ningún gesto; le encargó la casa a Juana y salió a comprar un bolillo y pilón, con el dinero que su hijo le había llevado.

Cándido tenía en sus genes la misma obsesión con el deber y la responsabilidad. A pesar de ser el estandarte de la vagancia, daba un lugar prioritario a sus responsabilidades como trabajador y como único sustento de su familia. El primer día que llegó a la ciudad, preguntó por el periódico y para la mañana siguiente ya era un vocero oficial del Reformado. Buscó una escuela y por su tenacidad, el profesor le permitió entrar al primer grado a los doce años. Asistía sin falta, después de vender sus periódicos y lavarse la cara en la fuente que quedaba de camino a la escuela y fue un alumno destacado, aprendiendo rápido y vorazmente, con una inteligencia brillante. Dormía debajo de una banca en un parque y cada día apartaba religiosamente siete centavos para acudir los domingos a los baños de la colonia Irrigación y ducharse el cuerpo entero. Comía poco y mal, el dinero que ganaba ajustaba estrechamente para lápices y algo de pan y sopa aguada, que complementaba con jitomates que encontraba en los basureros de los supermercados y que partía con una navaja oxidada para separar la parte podrida. Su postre eran los plátanos de cáscara completamente negra, que parecían una bolsa de miel por la consistencia de su interior. Fueron tiempos difíciles e incluso sus hijos, décadas después, supieron de esta época cada que hacían gestos repulsivos a un plátano pecoso o se negaban a comer la verdura de sus platos. “Hambre deberían pasar, hambre de verdad, de no haber comido en dos días, para que supieran apreciar lo que tienen a la mesa” les repetía una y otra vez.

Para cuando encontró a su madre, ya cursaba el tercer grado de primaria y vivía en un cobertizo que su profesor de primero le rentaba por cincuenta centavos cada dos semanas. Tenía un cajón financiado para bolear y que pagaba con dos boleadas al día; de la tercera en adelante, ya era su ganancia. Además, seguía vendiendo sus periódicos y estudiando arduamente para algún día, verse en un traje de sastre, como aquellos que vestían los señores a quienes boleaba los zapatos después de salir de la escuela. “Algún día seré licenciado” decía, y aunque le costara veinte años, lo lograría. No es que fuera ambicioso, no deseaba riquezas, lujos o una vida de ocio al retirarse, lo que más deseaba era trabajar, ser útil hasta el final de sus días y se convencía a sí mismo de que lo era cada que llevaba los veinte pesos a la mesa de su madre; muchas veces sólo encontraba a Juana, con la suciedad seca en las mejillas, cuidando de sus dos hermanitos y en silencio dejaba el dinero sin decir nada más; luego tomaba a juana de la mano y la llevaba a la llave de la colonia, la abría para que el agua corriera abundante y con la punta de su camiseta limpiaba las costras de mugre en su carita redonda y morena, para que su madre viera qué bonita era. Caridad la veía, pero no decía nada, la ponía a hacer cualquier tarea para que bien pronto se volviera a ensuciar. el hollín, en la escala de Caridad, era lo que ennoblecía e espíritu y forjaba el carácter de las personas: solamente aquellos que estuvieron sucios hasta los codos sabían lo que era un trabajo de verdad y lo valoraban como lo más sagrado; los niños que nunca tuvieron responsabilidades, se convertirían invariablemente en vagos malagradecidos sin oportunidades de ser alguien bueno y comprometido.

Cuando llegó a la ciudad, después de buscarse un trabajo para llevarse el pan a la boca, Cándido comenzó la tarea titánica de encontrar a su madre. Preguntaba a cuanta persona conocía, “¿Conoce a Caridad Jiménez, una india silenciosa, alta y recia que bien pudiera se mi madre?” e incontables veces se quedaba sin respuesta. Cada día a una persona diferente, se propuso y no fue sino hasta un año después de llegar que recibió una respuesta positiva. Eusebio, el muchacho nuevo de los ultramarinos de la veintidós, conoció en una borrachera de año nuevo a un gendarme que visitaba regularmente a una india que planchaba ajeno. “No se si sea Jiménez carnalito” le dijo, “pero estoy bien seguro que se llama Caridad”. Eusebio no sabía ni la dirección, sólamente recordaba la juerga de antología que había tomado el enero pasado; el Gendarme se jactaba frente a los muchachos de su inmadurez “que van a saber ustedes de mujeres si son todos una bola de escuincles valemadre” decía. “Caridad mis pendejitos, esa sí es una mujer, no como las putillas de tres pesos que se consiguen”. Esto Eusebio lo tuvo bien grabado, ya que después de esa borrachera no fue nunca más a un burdel. Años después, cuando Cándido fue finalmente un licenciado, se reencontró con Eusebio, que ya era dueño de cuatro minisúper y tenía de casado más de cinco años. “Encontré a mi Caridad, carnalito” le dijo sonriente, y nunca más volvió a saber de él.

Se dedicó a platicar con cuanto Gendarme se encontraba. Ya desde chico mostró la condición que le perseguiría por el resto de su vida: confiar ciegamente en las personas que decían querer ayudarlo pero que en el fondo buscaban solamente beneficiarse de su buena voluntad. Un gendarme de nombre Pantaleón, el tercero que conoció, le dijo conocer a Caridad y se ofreció incluso a llevarlo a conocerla, si le hacía unos favorcillos, “sencillos para un chamaco fuerte y sano como tú”. Lo hizo cargar bultos de ropa usada que su esposa vendía en el mercado de la Cinco de Mayo, con el pretexto de que nada era gratis en la vida y que si quería encontrar a su mujer, tendría que poner de su parte. Cada sábado, Cándido llegaba a las cinco de la mañana a la puerta del gendarme Pantaleón a acarrear los montones de ropas por cinco cuadras, de subida. “Ya te la estás ganando muchacho, un par de bultos más para que conozcas a tu jefecita” repetía Pantaleón cada sábado. Durante tres meses, Cándido cargo los bultos, en silencio, hasta el día en que llegando al puesto de la mujer, escuchó al gendarme pedir cinco pesos por prestarle su muchacho a unos vendedores de zapatos. Se marchó, perdiéndose entre la gente y por unas semanas renunció a su deseo de encontrar a Caridad.

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1 comentario so far
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¡Uf! Está largo este Post.
Lo ke me recordo ke extraño el Círculo de Escritores.Hace falta reunirnos y leer historas como ésta.

Comentario por Denise Partida




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