Goma


Retórico
mayo 16, 2010, 9:47 pm
Filed under: Jakoso, Opinión

Hace como un mes que terminé de leer La Casa de los Espíritus, de Isabel Allende. Me gustó mucho, creo que después de Cien Años de Soledad y el Aleph, me doy cuenta con este libro de que me gusta el Realismo Mágico. Lo que más me gustó del libro es que va narrando los acontecimientos de la familia, cronológicamente, a través de las generaciones, pero te va dando pistas, pequeñas pistas sutiles, sembradas entre los renglones de lo que va pasando; en una parte, la historia gira sobre Esteban Trueba en la hacienda, y sus hijos y su esposa y perdido entre los renglones menciona a un niño sucio, con los mocos secos en la cara y dice que que Trueba no le presta atención al niño, sin saber que es su nieto y que hará las miserias de la familia cuando estalle la guerra. Eso, a mi gusto, es de lo mejor que tiene La Casa de los Espíritus, por que logra engancharte, por que con esa frase que no verás realizada en las siguientes 200 páginas te hace seguir leyendo, esperando que salga el mocoso sucio convertido en el militar desgraciado que, en efecto, hace las miserias de la familia. Y cuando lo lees, lo odias, por que sabías, desde hace 200 páginas que iba a ser un maldito y ahora que lo lees, supera lo que habías imaginado. Y eso es solo UN ejemplo de los varios que tiene el libro.

La historia es magnífica, en lo personal me gusta esta narrativa, el mezclar la fantasía con lo verídico; los poderes de Clara y el cabello verde de Rosa con la dictadura en Chile y el golpe de estado. Me gusta. Y mi personaje favorito fue Jaime, por que, y aquí es donde conecto esta entrada con el título, siento que soy retóricamente una parte de él. Jaime es corpulento y apuesto, pero es un alma buena y desprendida, estudia medicina y se dedica en cuerpo y alma a atender a quienes menos tienen, en una clínica que carece de todo, menos voluntad. Reacio y duro por fuera, es una persona que se conmueve profundamente con la desgracia y con los sentimientos, y actúa, vuelca toda su bondad, toda su afectación por la miseria del hombre en estudiar, en ser mejor para ayudar mejor en su clínica; apenas come, y si tiene un rato libre lo pasa estudiando, encerrado en su cuarto atiborrado de libros y libros. Guarda profundamente dentro de sí un amor por la que fuera novia de su hermano y después de perderla por años y años, se encuentra de nuevo con ella para salvarla.

Retóricamente como él, digo yo, precisamente por que no actúo, siento que no hago nada, ni en lo más ínfimo, por ayudar a la humanidad, aunque muchas veces me siento profundamente afectado por cosas que veo por ahí. Hace no mucho, por ejemplo, leí un artículo en la National Geographic sobre la escasez de alimentos, que de verdad es impactante y las fotografías que todo mundo ha visto sobre niños enfermos, hambrientos y desolados me dejan esa sensación de descontento, no lástima, sino algo dentro de mí que no me deja tranquilo por varios días. Justo hoy leo también un artículo sobre la escasez del agua y no puedo dejar de sentirme un poco culpable al beber un vaso con agua limpia, fresca, cuando hay poblaciones enteras, millones de personas que solo tienen acceso al lodo que los animales revuelven cuando entran a beber ellos mismos.

Sin ir tan lejos, ni ser tan azotado, la semana pasada y hoy fui a la plaza cerca de mi casa por comida; en el área de los restaurantes, donde están las mesas, trabaja un muchacho no muy alto, gordo, de pelo un poco largo y castaño, con lentes. Y mientras esperaba mi comida, lo seguía con la vista, mientras limpiaba las mesas, recogía las charolas con restos de comida, juntaba dos o tres y luego iba a los botes de basura a tirar los restos y limpiarlas un poco para después regresarlas a cada local: las rojas cuadradas a la comida china, las grises largas a las ensaladas, las tabletas de madera a la argentina y las negras genéricas a la comida japonesa. Nadie le dio las gracias. Y de nuevo a las mesas, disparaba su rociador dos veces y limpiaba con su franela gris, se acomodaba los lentes con un dedo y seguía. Cuando no hubo más mesas, ni charolas, caminó despacio, arrastrando los pies hacia donde estaba el viejo guardia, recargado en el barandal. Y lo veía decirle algunas cosas, pero el guardia no lo miraba, ni lo escuchaba, estaba sumido en su propio pensamiento, mientras el muchacho de los lentes platicaba solo. Y no pude evitar sentirme muy triste, ta vez sin razón, tal vez sea un muchacho feliz y con muchos amigos, pero estas dos veces que lo vi, solo, limpiando sus mesas, me dieron muchas ganas de saludarlo y platicar un poco, seguramente de videojuegos o caricaturas, solamente para ser alguien quien lo escuchara verdaderamente y poderlo ver sonreír. Pero no lo haría, soy cobarde, soy un humanista retórico, temeroso, no se de qué, pero siento que hay algo que no puedo saltear para llegar a hacer algo.

Y esto es algo que me pasa seguido, con muchas personas en la calle. Pero nunca me he atrevido a hacer algo. ¿Eso me hace una mala persona? No es redención, es, solamente, retórica.

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