Goma


Nubes
diciembre 6, 2009, 10:40 pm
Filed under: Escritos, Jakoso | Etiquetas: ,

Despegó. Estaba a la mitad de la plaza, llena de gente y despegó. Fue la primera vez que toda esa gente veía a alguien volar, como en las películas, como en las historias de héroes y villanos y en las caricaturas. Volar con solo flexionar las rodillas, como si fueran a dar un gran salto, pero sin caer, al menos sin verlo caer. Hubo quienes gritaron. ¿Es el reflejo natural de algunas personas? ¿Gritar? Por ejemplo, la joven de la falda negra que estaba sentada al borde de la fuente seca en esa hora del día, grita cada que ve un grillo, o cada que se cierra una puerta de golpe, grita. Seguía con la vista al joven un tanto desaliñado, pues aún así se veía atractivo; el paso lento y firme, con la frente en alto y los ojos perdidos en el inmenso azul sin nubes de arriba. Aunque no miraba su camino, no chocó con nadie, y vaya que la plaza estaba llena ese día. Cuando se inclinó, la muchacha de la falda negra, sentada en la fuente seca, pensó que recogería cualquier cosa del suelo: se inclinó casi como haciendo una sentadilla y cuando voló, de la nada, la joven gritó. Fue un grito corto, de golpe, un “ah” subido de tono, nada terrorífico o desgarrador; de hecho los que estaban más al extremo de la plaza, por las aceras junto a las calles no pudieron escucharla gritar, solamente quienes estaban cerca pudieron, y se preocuparon más por el grito distractor que por el hombre que volaba por encima de sus cabezas. El hombre de los globos fue uno de ellos. Estaba parado, cobijándose a la sombra multicolor de sus globos de diversos tamaños, colores y formas y cuando escuchó el grito miró rápido hacia la fuente; sus ojos vieron los ojos de la mujer de la falda negra y siguieron la pista, hacia el cielo, hacia el hombre que se elevaba entre los edificios y dos globos se soltaron de su nudo inmenso y sofisticado. Se estiró para alcanzarlos pero su brazo era corto y la posición en la que detenía el resto de los globos le impedía hacerlo mejor. Dejó sus globos en una cerca del jardín y brincó, brincó de nuevo y por tercera vez, pero no pudo alcanzarlos. Flexionó sus piernas para brincar más alto y cuando lo hizo alcanzó sus globos perdidos, y los rebasó. Escuchó a penas el nuevo grito de la mujer de la falda negra y vio el mismo temor en sus ojos, pero ahora desde arriba, desde una altura de unos tres pisos, lo sabía por que por la ventana también vio el gran tres rojo por un lado del elevador que se abría, dejando libres a los ejecutivos de medio nivel que llegaban tarde después de la hora de la comida.

Y estaba volando. Miró hacia arriba y vio al primer hombre, que se elevaba hacia el cielo como uno de sus globos. Un globo negro y desaliñado. Quiso alcanzarlo, pero de pronto no supo como manejar su poder. Así decidió llamar a este evento, su poder, tenía un poder, como tantas veces lo imaginó siendo niño. Poder. Intentó haciendo los movimientos del nado de rana, pero nada pasaba, seguía elevándose como un globo pero sin controlar nada. Intentó patalear pero de nuevo, nada pasó. Escuchó un grito, un grito diferente esta vez, un grito de miedo y de confusión, un grito prolongado que iba en aumento; miró hacia abajo y a pocos metros distinguió a la joven de la falda negra, elevándose y gritando e iba a mayor velocidad que él. Pronto lo pasó de largo y cuando sus miradas se cruzaron, supo que no tenía ningún poder y que esta eventualidad no tendría en absoluto un final feliz. Miró hacia abajo de nuevo y vio despegar a una señora. No tenía miedo, sentía curiosidad, se elevaba con una sonrisa y miraba a su alrededor, como si fuera subiendo la montaña rusa, esperando impaciente la adrenalina del descenso. También se elevó un hombre en traje, un niño y un perro y tras de él, su amo al final de la correa. Todos se elevaban, como Pedro, el leve, el del cuento, el de las fantasías de los libros de primaria. Pero no había Hebes que los detuvieran y aunque las hubiese, también ellas estarían flotando, aunque con menos velocidad, por que las Hebes serían grandes y pesadas. El hombre de los globos pensó en todo esto y miró de nuevo hacia arriba. Vio al hombre desaliñado tomar la mano de la mujer de la falda. Había dejado de gritar y se aferró al joven, como si su peso combinado pudiera ayudarlos a descender. Estaban ya por encima de los edificios, y la vista en esa altura era maravillosa. Los vio intercambiar algunas palabras, y la chica sonrió. Lo estaba conociendo. Cada día se sentaba en la fuente y cada día miraba al joven desaliñado pasar, mirando al cielo, sin chocar con nadie. Cada día había pensado en detenerlo y sostener cualquier tipo de plática, pero ella no era así, sólo esperaba que algún día, mientras pasaba, dejara de mirar el cielo y la viera a ella, que también era bonita y podía ser igual de profunda que el azul. Y ahí estaban, mirándose, subiendo y subiendo.
– Te he visto desde la primera vez que te sentaste en la fuente. Te veía arriba, aquí arriba, conmigo. Y aquí estamos.
– ¿Dejaremos de subir algún día?
– Algún día, seguramente.
– ¿Por qué nos pasa esto?
– Por que somos libres, por que hemos entendido y por que la tierra ya no es lugar para nosotros.
– ¿Libres? ¿de qué? ¿qué hemos entendido y por qué la tierra no es lugar para nosotros?
– Haces demasiadas preguntas. Ya casi llegamos.

El hombre de los globos los perdió de vista y no pudo encontrarlos de nuevo. La señora curiosa seguía debajo de el, junto al niño y al perro y a su amo, que venían un poco más abajo. Y más abajo aún el resto de la gente. Todo el mundo. Se elevaban hacia la vida y hacia la libertad y cuando pasaron una altura incalculable, de sus espaldas salieron alas, alas enormes y variadas: algunas eran blancas, como de palomas y otras más se extendían inmensas como de águilas o halcones, algunas eran pequeñas y algunas más eran membranosas. Pero todos tenían alas y todos podían volar. No podían regresar a la tierra, por más que lo intentaran, no podían bajar. El hombre de los globos pudo controlar su poder y comenzó a explorar las nubes más lejanas y a seguir las corrientes. Y pronto olvidó sus globos y su humanidad y vivió, como viven el joven desaliñado y la mujer de la falda negra, por siempre en los cielos, y cuando nuevos hombres llegaron a la tierra vieron las nubes y veían formas, a veces globos, a veces animales, y no sabían que esas formas vivieron alguna vez su mundo y que algún día, ellos también llenarían otros cielos para despertar la imaginación de los que vendrían después.

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5 comentarios so far
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Pobres nubes! D:

Comentario por Ian

Ya ves, que te costaba escribir :P

No te creas, me gustó, ya era hora de que te animaras a escribir de nuevo :D

Comentario por Tonchi

Muy bien escrito Jaka… bien escrito.

Un abrazo.

Comentario por arboltsef

Uorale!!!!! Super bien!! ._.

Comentario por Diana

Muy bonito, asi nos pasa, de vez en cuando, cuando las cadenas de la sociedad o las que nos imponemos nos agobian, quisieramos tener alas, y volar, volar muy lejos y muy alto, ser libres, dejar este mundo atras. Es bueno soñar, viajar a otros lugares con la imaginacion. al menos ahi si somos libres de las limitaciones de la tierra.
no cabe duda Leer algo bueno es un placer.
Te felicito nuevamente y gracias

Comentario por Leticia Cruz




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